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Amigos de verdad

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A propósito de la reciente y magnífica noticia del cierre total del infame y cruel circo Ringling Brothers y Barnum & Bailey escribir este artículo es pertinente y llego a hacerlo por otra razón en la que los tiempos también coinciden mágicamente. Nada sucede por casualidad en nuestras vidas, todo es causalidad. Y aunque a veces no entendamos los tiempos de Dios que se mezclan, en menor forma con el destino, todo sucede en el tiempo y en el momento correctos. Ni un segundo más, ni uno menos, producen la lección para enseñar o para aprender. Estoy agradecida que así sea.

La amistad no es un sentimiento exclusivo de los seres humanos. Sucede y se desarrolla también entre los animales para nuestro asombro y regocijo. El Internet nos ha dado pruebas infinitas de ello y no solamente entre congéneres sino también entre especies que, de acuerdo a nuestro limitado conocimiento del mundo animal, deberían ser enemigas y antagónicas. El instinto, en la naturaleza, a veces no sigue la Ley implacable de la Selva.

Los elefantes son seres magníficos, interesantes e imponentes. Recuerdo que la visión de un elefante asiático era la primera figura que se distinguía en el Zoológico de Barranco que era el zoológico que existía cuando era niña. Las veces que fui me maravillaba observando la agilidad y manualidad de su trompa y su gracia lenta que para muchos quizás podía pasar por torpeza. Nunca supe cómo un ser de tierras tan lejanas había llegado a Lima; nunca lo cuestioné, pero siempre noté su soledad infinita la cual se reflejaba con un continuo movimiento de cabeza que años más tarde aprendí que era locura.

En el colegio me enseñaron que vivían en grandes grupos generalmente dirigidos por una hembra y que establecían relaciones familiares y de amigos de por vida. ¿Dónde estaba entonces el resto de su familia? ¿Dónde estaban los otros elefantes? Tuvieron que pasar muchos años para saber la verdad y para decidirme a levantar el estandarte de su causa. Hoy, que debido al cierre definitivo de un centro de explotación y crueldad llamado circo, celebro su libertad, también reflexiono sobre los sentimientos de empatía, de amistad y de lealtad que comparten con sus congéneres.

Un artículo publicado en el Diario en línea PeerJ informa que cuando un elefante se da cuenta de que uno de sus compañeros y amigos se encuentra triste o molesto, se acerca a él o a ella para acariciarlo y producir un sonido especial que demuestra empatía.

Científicos del Elephant Nature Park estudiaron el comportamiento de 26 elefantes hembras en la provincia Chiang Mai en Tailandia. Se excluyeron a los machos por razones de seguridad. Con mucha paciencia, esperaron que ocurriera una situación natural de estrés y cuando esta surgió, observaron que ellas se acariciaban una a la otra, sobretodo dentro de sus bocas. En el mundo de los elefantes, esa acción es como darse un abrazo. Asimismo, producían sonidos vocales para consolarse y reafirmar su presencia mientras que creaban un círculo de protección alrededor de la elefanta que experimentaba el estrés.

Los elefantes muestran empatía, amistad y apoyo entre ellos de manera constante y permanente, sobre todo si se trata de una manada liderada por una matriarca, elefantas, bebitos y machos inmaduros. Ellos celebran los nacimientos de sus nuevos miembros y lloran a sus muertos demostrando profundas emociones. Cuando es necesario ayudan a cuidar a los bebés de otras elefantas, les enseñan todo lo que un elefante debe saber en esta vida y apoyan con determinación, cariño y paciencia a los miembros débiles o heridos del grupo. Su empatía y compasión, realmente no tiene límites. Ser un amigo preocupado, compasivo y leal los eleva a niveles emocionales superiores.

Y en nosotros, los seres humanos, el sentimiento de la amistad puede también llegar a ser así de profundo. No voy a negar que yo estoy completamente parcializada con los animales; pero también creo que, en este mundo destructivo y cruel, aún quedan humanos que valen la pena y que son como los elefantes: fieles amigos que están siempre presentes para animarnos, consolarnos y ayudarnos. Amigos de verdad, a prueba de balas, amigos-elefantes.

Hace unos años, una de mis comediantes favoritas y activista por los derechos de los animales, Consuelo Duval concedió una entrevista en la que rememoró uno de los mejores consejos que le dio su difunto padre:

“Hija mía, en la vida, tienes que ser como un elefante. Tienes que tener los pies bien firmes en la tierra; las orejas enormes para saber escuchar bien; la boca chiquita para no hablar de más; una piel fuerte para que los golpes de la vida no te tumben y una memoria extraordinaria para que jamás olvides agradecer a Dios por todo lo que te ha dado”. Considerando que tengo una poderosa memoria de elefante, yo añadiría que esa misma memoria también me servirá para nunca olvidar lo que mis buenas amigas hicieron por mí hace unos días cuando la vida me pasó duras y álgidas facturas. El refranero castellano claramente dice que “más vale un buen amigo que mil parientes” y eso es cierto porque los amigos son la familia que uno escoge y no la que a uno le toca.

Mi labor es escribir sobre temas que involucran a mis maravillosos hermanos animales, pero hoy haré una excepción y me adentraré en el mundo de los humanos; de aquellos que, aunque no compartan del todo mis ideales y principios, han sabido tratarme como los elefantes que protegen con amor y empatía al miembro de la manada que más lo necesita. He sentido su amor, su calor, su compasión, su tolerancia y su comprensión en los momentos en los que pensaba que ni mi cuerpo ni mi alma podían dar más. Recogieron las piezas esparcidas por todas partes y con manos de alfareras expertas las volvieron a unir para dejarme más unida, más fuerte y más resistente. Eso para mí no tiene precio. Mi alma, mi mente, mi corazón y mi memoria de elefante lo ha grabado indeleblemente en los archivos eternos de mi agradecimiento.

En esta semana de triunfo, valoro más que nunca la verdadera amistad que consigue llenar de riqueza la estéril vida que sin ella nos quedaría.

Mil gracias a mis hermanas de corazón, a las que constituyen esa otra sangre, que es la que, a veces, la que más cuenta.

Con cariño, gratitud y amistad especiales para Neny, Charito P., Charito H. y Rosita.

 

 

 

 

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¡No más Ringling Brothers y Barnum & Bailey!

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El gen de justicia que todos los que luchamos por los derechos de los animales poseemos se encuentra como marca indeleble en nuestro ser, en nuestro corazón y en nuestro cerebro. A veces se manifiesta a una edad temprana y otras veces, se encuentra latente, en espera de una ocasión o un evento particular para emerger con toda la fuerza necesaria para cumplir la misión por la que vinimos a este mundo. Mucha gente puede creer que esa misión solo existe en nuestra imaginación y nuestro ego; pero quienes hemos dedicado nuestra vida a esta causa sabemos que nuestras acciones, nuestro compromiso y nuestra participación – en diferentes medidas e intensidades – es el motor que nos mueve a seguir pese a todos y a todo.

Ninguna causa justa obtiene logros y victorias de la noche a la mañana. Hemos sido testigos de que todo movimiento social importante pasa por etapas específicas. Al inicio, la gente que no está involucrada o que aún no puede ver la realidad recurre a la burla, al ridículo. Se mofa de las razones por las que un grupo de personas dejan su zona de confort, realizan sacrificios y dedican su vida a defender los derechos de los abusados y explotados. Luego se pasa a una etapa de comprensión o entendimiento cuando algunos empiezan a dar crédito a la lucha para luego terminar aceptando su validez y considerar unirse a ella.

Esta lucha tiene altos y bajos. Todos lo sabemos y lo hemos sentido a lo largo de nuestras propias experiencias. Terminamos de celebrar una victoria ganada a pulso y con muchísimo esfuerzo y el sabor de la victoria es efímero porque ya otra crueldad nos llama a la acción. La vida del activista por los derechos de los animales es dura, difícil, álgida….pero también es muy reconfortante y satisfactoria cuando una victoria de mayor envergadura nos ratifica que estamos trabajando por lo que es correcto, ético, decente, purificador.

Y eso ha sucedido hoy al enterarnos que todos nuestros años de trabajo y dedicación han dado frutos. El circo Ringling Brothers y Barnum & Bailey, uno de los centros de mayor explotación y abuso de animales a nivel mundial, cerrará sus puertas en mayo de este año. Este antro de crueldad y esclavitud ¡no va más!

La raza humana siempre ha tenido una inquietante curiosidad por ver de cerca a animales exóticos o a animales domésticos realizando estúpidos trucos inapropiados para su especie. En su insano afán de estar cerca de estas maravillosas criaturas, nunca dudaron en pagar el precio de una entrada que garantizaba de seguro la brutal explotación de un animal que luego de ser arrancado de su hábitat natural era sometido y vejado con castigos, humillaciones y crueldades de todo tipo. Si en tiempos antiguos la gente no tenía mucho acceso a la cruel verdad de lo que sucedía con los animales en el mundo del espectáculo; en tiempos actuales y teniendo toda la información pertinente, alguna gente siguió asistiendo al circo llevando a sus hijos para enseñarles a ser indiferentes, limitados y especistas como ellos.

Anteriormente hablaba del gen de los activistas porque pienso que por muy pequeña que sea una persona, hay un momento preciso en el que nuestro cerebro y nuestro corazón nos enseña muy claramente a distinguir lo bueno de lo malo; lo justo de lo injusto, lo decente de lo indecente. Mucha gente piensa que los niños no adquieren por sí mismos esa capacidad; pero eso no es cierto. Un niño, con las capacidades pertinentes a su edad en el lugar correcto, puede racionalizar claramente la crueldad y el abuso que se cometen contra un ser indefenso, explotado y sojuzgado.

Cuando yo era niña, asistir al Circo Ruso de Moscú era todo un evento. En esa época obscura en la que la explotación de los animales era algo de todos los días, tener una entrada para ese espectáculo podía considerarse todo un privilegio. Mi padre, ignorante aún de la explotación de los animales en un circo, me llevó a ver un espectáculo que no disfrute del todo. Recuerdo que me impresionaron sobremanera las habilidades de los trapecistas y malabaristas que realizaban trucos que yo no hubiera podido hacer nunca; pero mi corazón se desgarró cuando vi a los osos, que disfrazados como payasos, obedecían sin chistar las órdenes de los domadores que los obligaban a bailar melodías rusas, a montar bicicletas y a comportarse como payasos mientras que todos los mocosos a mi alrededor aplaudían a morir embutiéndose de golosinas grasientas y atiborradas de azúcar. Probablemente hubo también otros animales, pero los majestuosos osos marcaron una indeleble impresión en mí.

Para desgracia de mi padre, a mí nunca me gustaron las historias de princesas inútiles, dibujos animados, o muñequitas espigadas o necesitadas de un cambio de pañal. Es por eso que, a la hora de leerme un cuento o una historia, mi pobre papá tenía que recurrir a historias reales e interesantes que él inventaba o sacaba de libros. Nunca olvidaré las horas que él pasó leyéndome las interesantes historias de “El Libro de los Por qué” del Tesoro de la Juventud o de la Enciclopedia Uthea. Yo recordaba que una vez me había contado la historia de un oso pardo poderoso y fuerte y fue por eso que, al salir del circo, le pregunté por qué los osos del circo no se rebelaban contra sus domadores y los obedecían sumisamente. Él me dijo que el oso de su historia era un oso libre que vivía en su elemento pero que los osos del circo estaban “amaestrados”. Tal vez, sin quererlo, esa noche me enseñó más que el significado de una palabra nueva. Me enseñó que el especismo estaba presente en cada una de esas funciones y que animales poderosos, fuertes y magníficos eran reducidos a seres sin voluntad y sin alma. Solamente años más tarde aprendí que solamente a través de crueles maltratos y explotación se puede llegar a sojuzgar el espíritu de animales magníficos como esos, que, si quisieran, podrían eliminar a sus captores en cuestión de segundos. Comprendí que la misión de los explotadores es matar el espíritu y aplastar el alma, la naturalidad de estos seres para convertirlos en esclavos y títeres con los cuales lucrar.

Después de esa noche nunca más en mi vida pise un circo con animales.

Por supuesto que Ringling Brothers y Barnun & Bailey jamás admitirá que el cierre de sus puertas se debe al trabajo incansable y persistente de los activistas por los derechos de los animales. Los explotadores nunca admiten nuestro poderío y nuestra persistencia. Ellos aducen que cierran porque existe una gran reducción en el número de asistentes y por problemas económicos; pero la verdad es evidente. Aunque aún nos falta seguir educando a más gente, muchos por fin entendieron que el precio de su entrada fomentaba la explotación de los animales y que sus hijos realmente no aprendían nada bueno al ser indiferentes ante ese sufrimiento.

Ahora nos saldrán con frases baratas y repetitivas en las que hablarán del fin de la “familia circense”, de la pérdida de trabajo de muchos empleados y no nos sorprenderemos si también involucran a un par de niños para que lloren delante de las cámaras diciendo que extrañaran esta tradición familiar. La explotación, abuso, y crueldad contra los animales jamás será un “sano pasatiempo familiar”.

Los abusadores aún llevarán a cabo 30 presentaciones más en Atlanta, Washington, Filadelfia, Boston, Nueva York y Rhode Island y allí estaremos presentes, aún con más fuerza para seguir educando y protestando contra la explotación y el abuso. Ni nuestra voz se apaga, ni el cansancio llega cuando se trata de la total liberación de los animales.

Mucha gente olvida o ignora que estos circos empezaron a lucrar no solamente con la explotación de los animales sino también con la explotación de seres humanos que eran anormales o presentaban algunas características peculiares. El morbo de la gente los llevaba en masas a contemplar a la Mujer Barbuda, La Mujer Sirena, El Hombre de Goma, Siameses de todo tipo, enanos y cualquier otro tipo de persona deforme o anormal. Nunca hay que olvidar que la crueldad es exactamente la misma: Lo único que cambia es la víctima.

Después de más de 36 años de lucha constante, People for the Ethical Treatment of Animals (PETA), celebra que el “Show más triste del planeta” llegue a su fin. Ingrid Newkirk, presidenta de PETA espera que otros circos sigan ese ejemplo y se den cuenta que estamos en el año 2017, una época en la que espectáculos de este tipo no son ni necesarios, ni bienvenidos.

Fue en 1882 cuando Barnum arrancó de su hábitat natural a Jumbo, un elefante asiático que fue traído a América para “entretener” a una masa ignorante e indiferente. Y es en el 2017 cuando los esfuerzos de los activistas se ven premiados con esta tremenda victoria merecida, ansiada, esperada y trabajada por muchos años de perseverancia y compromiso.

Hoy es un día victorioso para los animales y sus defensores. Hemos roto importantes cadenas, cadenas que mucha gente pensó eran inquebrantables. Celebremos la victoria y recarguemos nuestras energías, porque, como ya bien saben, aún nos quedan otras cadenas por quebrar.

¡Hasta la victoria final!

 

 

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Hitler nunca fue vegetariano

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La propaganda nazi, capaz de convencer a una gran mayoría de europeos durante la Segunda Guerra Mundial, fue una maquinaria efectiva, muy bien organizada y convincente. Sus maquiavélicos planes alcanzaron muchas metas y entre ellos, podemos citar la mentira de que Hitler amaba a los animales y era vegetariano.

No descarto la idea de que un ser cruel y despreciable como él les haya tenido afinidad. Hay que recordar que los animales son tan nobles que no saben distinguir a un monstruo de una persona buena. Durante su gobierno se pasaron algunas leyes a favor de los animales como la “regulación” del método judío de matanza que siempre ha sido muy cruel y, otra vez, “regulaciones” en la cacería. Quizás estuvo en contra del método de matanza judío simplemente porque era judío y sus leyes nunca fueron totalmente prohibitivas sino más bien, reformistas. El que tenía el poder absoluto, podría haber pasado leyes abolicionistas. Nunca lo hizo.

Como la mayoría de los dictadores, ávidos de poder y copiones del conocimiento ajeno, es muy probable que Hitler haya querido imitar el pensamiento de Wagner y Schopenhauer, a quienes admiraba, pero la verdad del caso es que la farsa de su vegetarianismo y amor por los animales fue una campaña propagandística muy bien organizada por su Ministro de Propaganda Joseph Goebbels, cuyo propósito era promover la mejor imagen del Führer y otorgarle un aire ascético.

Hitler sufría de muchos trastornos estomacales, gastritis aguda, sudoraciones y flatulencia excesivas y por esa razón cuidaba su dieta, pero nunca dejó de comer sus platos cárnicos favoritos: salchichas bávaras, albóndigas de hígado y piezas de caza rellenas y asadas.

Cuando llegó al poder disolvió todas las sociedades vegetarianas de Alemania, detuvo a sus dirigentes y clausuró la principal revista vegetariana del país. Durante la guerra, los nazis prohibieron todas las organizaciones vegetarianas en los territorios que ocuparon. Y Ian Kershaw, uno de sus biógrafos, narra que frecuentemente llevaba al cinto un látigo para perros con el que “disciplinaba” a sus perros. Tanto “amaba” a su última perra Blondie que cuando su captura era inminente, probó con ella el veneno que se supone acabó con su vida y la de su amante Eva Brown. La muerte de Blondie fue un acto cruel e innecesario pues, evidencia reciente y comprobable, sostiene que él y su amante huyeron a Argentina protegidos por el gobierno de Juan Domingo Perón.

Hitler admiraba al pro-nazi Henry Ford, el pionero de la industria automovilística de los Estados Unidos quien tomó la idea de la línea de ensamblaje después de visitar un matadero en Chicago. Hitler y los nazis simplemente reemplazaron a los animales condenados al matadero con judíos y fueron igualmente crueles e hipócritas con los seres humanos y los animales.

Mucha gente desinformada y ávida de defender sus hábitos cárnicos recurren a esta falacia para defender su consumo de cadáveres y secreciones animales, pero ahora ya sabes que sus argumentos carecen de validez histórica y ética.

Además, nuestros estilos de vida, no pueden estar basadas en lo que alguien más hizo o dejó de hacer. Podemos tomar los buenos ejemplos de gente evolucionada, pero no se puede justificar una o dos buenas características de gente maligna y cruel. Ser vegano no es una opción. Es un estilo de vida. No podemos caer en las garras del especismo para asumir que, nosotros, como seres humanos tenemos derecho a tomar una opción y otros seres no lo tienen.

Los miles de animales masacrados en los mataderos del mundo entero NO tienen NINGUNA opción y lo mejor que podemos hacer para liberarlos de manera efectiva y concreta es seguir educando con el ejemplo.

¡GO VEGAN NOW!

 

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Mis respetos para ti, señora

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En nuestra vida de activistas hemos tenido muchas influencias: un líder, una persona a quien veíamos como ejemplo, un libro, una película o un evento transformador. A veces son tantas que nos las podríamos mencionar o recordar todas; pero la empatía o las primeras influencias que marcaron nuestra vida como tales tuvo que empezar en algún momento.

Los especialistas en Educación Humanitaria sostienen, desde el principio de los tiempos, que la formación ética de una persona empieza definitivamente en la niñez, principalmente en casa y luego en la escuela. Es allí donde nuestros padres siembran las semillas de compasión en nuestros corazones con la esperanza de que la cosecha de buenos frutos.

La jardinera de mi dedicación por los animales, sin lugar a dudas, fue mi madre. No tuve el privilegio ni la suerte de compartir los primeros años de mi niñez con algún animal que viviera con nosotros porque los animales de compañía con los que compartí esos años siempre fueron “prestados” hasta el momento en el que pudimos convencer a mi papá que ya era hora de abrir las puertas de nuestra casa a algún animal necesitado de hogar. Desde ese momento, yo adquirí hermanos y mis padres nuevos hijos a quien engreír y querer hasta el momento que cruzaron el Puente del Arco Iris. Casi todos ellos ya están allí, esperándome con mi papá. Esa espera es, tal vez, el mayor incentivo para morir una vez que haya visto muchos más logros para nuestra causa.

En mi adolescencia y juventud, nuestra relación tuvo muchos altibajos; mucha controversia y altisonancia; tal vez por ser tan parecidas, tan determinadas, tan perseverantes y tan tercas. Pero la vida no pasa por uno sin enseñarnos sabias e importantes lecciones. Y si algo he aprendido, con la ayuda de toda la buena gente que ha tocado mi vida, es a darme cuenta que absolutamente toda circunstancia tiene una razón de ser. Aprendí que nadie nace sabiendo cómo ser hija, madre o padre y que todos hemos hecho lo mejor que podíamos con el conocimiento que teníamos.

La figura que nunca se aleja de mi mente es la de mi madre llevándole comida a los pobre perros callejeros que vivían por los alrededores de mi casa. Mis primeros sentimientos de compasión, mis primeras lecciones de empatía hacia los animales, mis primeras nociones de realmente ponerme en la piel de otro ser, vinieron de ella y se quedaron grabadas en mí para toda la vida.

Mi madre me traspasó su sentido del deber, del esfuerzo en el trabajo, su amor interminable por la lectura y su sentido de la lealtad. Me enseñó a tener un ideal en la vida y a defenderlo hasta la muerte pese a los detractores, la crítica y la ignominia. Cada vez que algo malo pasaba o cada vez que algo iba mal con mi salud, me decía “Mañana, a esta misma hora, todo ya habrá pasado o habrá mejorado, hija”. Hoy, las circunstancias inexorables de la vida, que siempre dan vuelta; ahora que yo soy la madre y ella la hija; le digo lo mismo y con el mismo convencimiento. Las lágrimas que tal vez ella escondía en esas épocas para darme fuerzas, son las mismas que yo me trago ahora para animarla en su recuperación. En esa recuperación que yo sé que llegará porque ella es tan tenaz y perseverante como yo.

Sin ningún conocimiento científico o nutricional, y solamente basándose en su empírica percepción de las cosas, me privó del consumo de cerdos y mariscos y no me hacía tanto problema cuando me negaba a consumir el vaso de leche obligatorio de todo escolar de mi época. A ella nunca le gustó ni fomentó su consumo, reemplazándola por un rico y nutritivo vaso de avena de piña o manzana. Le agradezco inmensamente por ello. Sin saberlo, y aunque yo en esas épocas aún tenía la conciencia dormida, estaba ya creando a una vegana.

Cada vez que nuestra casa se abrió para recibir a un callejerito, repetía – creo que únicamente para demostrarnos que iba a suceder exactamente lo opuesto – que “sólo se podía quedar hasta que le encontráramos un hogar”. Esos plazos nunca se cumplieron y terminaron en un compromiso de por vida. Siempre fue una ley impuesta por ella no recordarles su pasado en las crueles calles para únicamente concentrarse en el hecho de que ahora eran amados, deseados, bienvenidos…. Todos ellos fueron más hijos de ella que yo. Y lo entiendo y comprendo. Yo, una limitada humana, jamás podría amar como ellos que la amaron de verdad y nunca la juzgaron. Más bien la acompañaron en sus alegrías y la consolaron en sus tristezas. Le hicieron la vida más llevadera cuando el destino me llevó a otros lares lejanos y le enseñaron que la vida sigue, pese a todo y a todos.

Ya entrada en años, se hizo vegetariana, y aunque a mí me hubiera gustado un cambio total al veganismo, le di el crédito que se merecía y la alenté siempre en su propósito. Hacer este cambio fue uno de los regalos más grandes que pudo haberme dado. Nunca se lo he dicho antes; pero se lo diré apenas la vea esta Navidad. No tendrá que darme ningún regalo más en todo lo que le quede de vida. Eso es más que suficiente.

Cuando se habla de las madres, siempre se dice que el mejor regalo que nos pueden dar es la vida. No lo creo. Eso es algo muy general y obvio. El mejor regalo que mi madre me dio a mí, no fue eso, ni sus buenos ejemplos, ni trabajar duro para darme una buena vida y una buena educación. No fue velar mi sueño cuando estuve enferma, ni haber sacrificado sus ahorros de toda la vida para darme una córnea. Nada de eso.

No fue darme el ejemplo de lo que significa ser una “señora” en toda la extensión de la palabra; ni ser valiente ante las circunstancias de la vida, ni luchar tenazmente hasta culminar una meta. El mejor regalo que me diste, mamá, fue abrir mi corazón, mi alma y mi mente a la causa sagrada de los animales. Tal vez la primera vez que te vi sentir compasión por un sufriente perro callejero, enfermo o hambriento, no te diste cuenta de la magnitud del ejemplo que dejabas en mí; pero ahora, más de medio siglo más tarde, te puedo asegurar, con la convicción del camino recorrido, que ese simple acto de bondad y respeto marcó mi vida para siempre y determinó mi destino y mi misión en este mundo.

¡Gracias mil por haberme enseñado el camino que hoy yo puedo enseñar a los demás! Mis victorias, pasadas, presentes y futuras estarán siempre dedicadas a ti, mamá.

 

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¡Cecilia es libre por fin!

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Cecilia, un chimpancé del zoológico de Mendoza en Argentina es a partir de ahora un “Sujeto de Derecho no Humano” de acuerdo a una corte de Mendoza.

Los periódicos lo califican como un hecho “inusual o insólito” pues el especismo y la negación de derechos básicos de cualquier criatura viviente aún le parecen cosa de otro mundo a la mayoría de la gente. Esto se logró gracias al fallo de la jueza María Alejandra Mauricio quien aprobó la excarcelación, o lo que en Justicia se denomina habeas corpus, presentada por la Asociación de Funcionarios y Abogados por los Derechos de los Animales (AFADA), apoyados por el Proyecto Gran Simio.

Cecilia, que por ser chimpancé debería gozar de la compañía de su familia y congéneres, tenía una vida solitaria en el zoológico de Mendoza. Sus compañeros habían muerto y por más de 30 años tuvo que soportar una vida miserable ante la indiferente mirada de quienes aún no entienden que los animales no existen para entretenernos

El respeto y la consideración que los animales se merecen no puede estar basada en su nivel de inteligencia, pero es preciso destacar que los chimpancés son animales sumamente inteligentes, sociables y sensibles. Son capaces de solucionar problemas matemáticos, aprenden el lenguaje de los signos utilizando más de 300 palabras, usan herramientas, tienen conciencia de sí mismos, capacidad simbólica y transmiten su cultura de generación en generación; pueden aprender el lenguaje de los signos con un vocabulario de unas 300 palabras, y son incluso superiores a nosotros en muchas habilidades de memoria matemática. Cooperan con sus congéneres, pero también pueden ser manipuladores y mentirosos, una astucia muy humana para la que hace falta un desarrollo cognitivo complejo. Solo ellos y nosotros sabemos elaborar una mentira.

Debido a las horribles condiciones de vida en las que Cecilia vivía, la jueza Mauricio admitió el trámite habeas corpus considerando a Cecilia “persona no humana” y ordenó su traslado a un Santuario de Chimpancés de Sorocaba en el Estado de Sao Paulo en Brasil donde finalmente convivirá con otros animales de su especie en condiciones óptimas para ellos.

En este caso el habeas corpus descosifica a los animales y los reconoce como seres con derechos. No se trata de otorgarles los mismos derechos que poseen los humanos, sino de aceptar y entender de una buena vez que son seres vivos, sujetos de derechos y que les asiste, entre otros, el derecho fundamental a nacer, vivir, crecer y morir en el medio que les es propio según su especie.

Cuando era pequeña, una de las películas que más impactó esos años de mi vida fue la famosa “Bajo el Planeta de los Simios”. Nunca me gustó su protagonista, Charlton Heston, pero los personajes que interpretaban a los simios me fascinaron. La analogía del zoológico humano me hizo pensar, seriamente y por primera vez, en la tremenda injusticia que implica encarcelar y esclavizar a otros seres sintientes, alejándolos de sus hábitats naturales, de sus familias, de sus amigos, de su vida natural y libre.

Escenas de esta saga quedaron grabadas en mi mente para siempre y pasaron a formar parte de los cimientos de mi activismo por los derechos de los animales. Con el tiempo, la saga continuó y con la ayuda de la tecnología moderna se filmó “El Origen del Planeta de los Simios”, una película hecha enteramente con animatrónicos e imágenes generadas con computadoras, para evitar utilizar el uso de cualquier animal. Nunca olvidaré la escena crucial de la película cuando César finalmente detiene el golpe que uno de sus abusadores le iba a propinar y dice “¡No!”. Y con ese rotundo y profundo “NO” él marca el final de la explotación de su especie.

Cuando soy consciente de la forma en la que estos magníficos animales sufren en circos, zoológicos y laboratorios de experimentación, sueño con un César que vuelva a detener el abuso y la explotación en cada uno de esos lugares. Pero, de inmediato, la fantasía se convierte en realidad y sé que cada uno de nosotros puede y debe ser ese César liberador y justiciero. Está en nuestras manos luchar por sus derechos y educar a la gente. Es nuestro deber ser su voz.

Hace un tiempo, con la finalidad de evitar el uso de simios en la industria del entretenimiento, PETA (People for the Ethical Treatment of Animals) y la compañía BBDO crearon un anuncio público en el que se utilizó un chimpancé totalmente computarizado, un CGI (imagen generada por computadora) como se le conoce en inglés. Tal fue la perfección y el detalle utilizado en su producción que el mundo quedó paralizado ante tanto realismo. Este chimpancé es el presente y el futuro, un mundo en el que no necesitamos utilizar a los animales para nada. Lo interesante es que la producción de BBDO quiso que su chimpancé fuera aún más real que los utilizados en “El Origen del Planeta de los Simios”. Y para lograr su meta, contrataron a un actor para centrarse en sus expresiones faciales y movimientos físicos y luego sobre imponer las imágenes animadas de los rasgos del chimpancé. ¡Hey!, no hay que olvidar que, después de todo, compartimos 98% de nuestro ADN con ellos.

Fue tanto su nivel de perfeccionismo que se le dio un poro a cada folículo piloso de la piel del chimpancé. Los resultados fueron asombrosos, como podrán apreciar en el video que adjunto.

Finalmente, debo decir que la noticia sobre Cecilia es, en verdad, esperanzadora pues el cruel zoológico que fue su sucia y deplorable cárcel se convertirá en parque ecológico y ella, por primera vez en su vida, podrá gozar de su merecida y bien ganada libertad.

 

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Criando niños compasivos

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Leyendo algunos artículos sobre la inteligencia emocional, encontré uno con el que coincido totalmente. Dice el artículo que la compañía de un animal, sobre todo durante la niñez, es un componente vital en el desarrollo de la inteligencia emocional del ser humano. Este tipo de inteligencia mide el nivel de empatía y la capacidad de comprender y conectarse con otros seres. De acuerdo a recientes investigaciones, esta inteligencia es el mejor indicador del éxito que un niño tendrá en la escuela. De hecho, muchos maestros de educación inicial reportaron que este tipo de inteligencia es mucho más importante que la habilidad de leer o utilizar un lápiz.

Y hay que tener en cuenta que, a diferencia del cociente intelectual que ya se encuentra establecido desde el nacimiento, la inteligencia emocional puede aumentar, ser cultivada y aumentada brindándoles a los niños la oportunidad de compartir su vida con un animal.

Los niños que comparten su vida con animales:

Desarrollan sus niveles de empatía:

Muchos estudios realizados en los Estados Unidos y en Inglaterra como aquel desarrollado por el psicólogo Robert Poresky de la Universidad Estatal de Kansas, han demostrado que existe una marcada correlación entre la estrecha relación con un animal y altos niveles de empatía. Esa no es una idea nueva pues ya en 1699 el filósofo John Locke afirmaba que desde su infancia los niños debían aprender a cuidar a sus animales para aprender a ser personas sensibles.

Aprenden a ser responsables y aumentan su auto-estima:

Los niños son capaces de ser responsables de sus animales cuando se les enseña a desarrollar diferentes tareas de acuerdo a su edad. Por ejemplo, pueden cepillarlos, pasearlos, servirles su comida, cambiar el agua y bañarlos cuando sea necesario. Cuando los niños realizan estas tareas, las hacen bien y reciben elogios por ello, su auto-estima se eleva y se sienten orgullosos de contribuir al bienestar de sus animales.

Tienen menos estrés:

Ha quedado comprobado hasta el cansancio que la compañía de un animal, o el solo hecho de acariciarlos o pasar un tiempo con ellos conlleva innumerables beneficios físicos y emocionales. Por ejemplo, reduce notablemente los niveles de estrés en los seres humanos, les levanta el ánimo, los mantiene alejados de la depresión y los ayuda a bajar la presión arterial.

Aprenden a leer sin presiones:

Aprender a leer puede ser una experiencia estresante para algunos niños. Y esa tensión se incrementa cuando no lo pueden hacer bien o tienen que demostrar sus errores en frente de toda una clase. Una manera de solucionar ese problema sin dañar la auto-estima de los niños es hacer que le lean a un animal. Al hacerlo, pueden tomarse el tiempo necesario para aprender a pronunciar palabras difíciles sin ser juzgados por nadie. Al gozar de la compañía de un animal que los escucha amorosa y pacientemente, los niños desarrollan la confianza necesaria para esforzarse en la tarea de leer correctamente.

Expresan sus emociones más libremente:

Es muy común que los niños hablen libremente con sus animales y los conviertan en sus confidentes. En algunos casos, es difícil que los niños hablen con adultos acerca de sus más poderosas emociones porque piensan que nos serán entendidos. Por el contrario, al hablar con un animal se sienten en confianza y liberados de cualquier tipo de crítica.

Es por eso que en lugares donde los niños se recuperan de situaciones altamente traumáticas, la presencia de un animal confidente es sumamente valiosa e irremplazable.

 

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Tu perro sabe exactamente lo que le dices

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Esta afirmación no toma por sorpresa a nadie que alguna vez haya compartido su vida con un perro. Ellos son seres sumamente inteligentes e intuitivos; pero ahora la ciencia lo confirma.

Cuando le hablamos a nuestros perros ellos no solamente escuchan las palabras que usamos sino también la manera en la que las decimos. Las palabras que seleccionamos y nuestra entonación son entendidas exactamente por los perros. En un estudio publicado el pasado mes de agosto en la revista Science, los científicos demostraron que el cerebro canino procesa la información de una manera muy similar al cerebro humano.

Realizar el estudio no fue cosa fácil. Se tuvo que entrenar a un grupo de perros para que se mantuvieran totalmente quietos dentro de un escaneador que les tomaba varias resonancias magnéticas. Durante muchos meses, 13 perros húngaros (6 Collies, 4 Golden Retrievers, 2 Pastores Alemanes y un Perro Chino Crestado) aprendieron a acostarse sin mover ni un músculo en el escaneador para que el etólogo Eötvös Loránd de la Universidad de Budapest realizara las tomas necesarias.

Se demostró que los 13 perros respondieron a varias vocalizaciones como gruñidos, ladridos, gemidos, y gritos de personas y de otros perros. Los sonidos de felicidad o de temor activaron las mismas áreas cerebrales en las dos especies.

Los mismos perros escucharon grabaciones de sus guardianes humanos hablando en formas diferentes: alabándolos, hablando de forma neutral, alabándolos en un tono neutral, y utilizando palabras neutrales en un tono de halago.

Los resultados de las neuro imágenes mostraron que el hemisferio izquierdo del cerebro de los perros respondió a las palabras utilizadas y que el hemisferio derecho respondió a la entonación. Pero fue preciso utilizar una palabra de halago en un tono del mismo tipo para que el centro de recompensa de los perros se activara.

Esto explica entonces que tu perro sabe muy bien cuando lo estás halagando y sabe que lo haces de veras.

 
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Posted by on November 10, 2016 in Animales de compañía

 

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