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Tag Archives: Jaime Vigo

Saludo infalible

He estado trabajando casi todo el fin de semana y recién me doy cuenta que hoy ya no es hoy. Que hoy ya es 12 y que pese a mi intención de escribir esto el día 11, una vez más – y sin remedio – el tiempo me ha vuelto a ganar la partida.

Ayer fue mi cumpleaños. Recibí las llamadas y felicitaciones de muchísima gente. De mis colegas de causa, de conocidos, de la gente que tuvo la gentileza de saludarme, de quienes se acordaron a tiempo y de la gente que verdaderamente me valora y quiere. No tengo millones de dólares, euros, pesos o soles; pero son multi millonaria en amigos verdaderos. Amigos de cientos de años… Gente que ha estado conmigo en buenas, malas y peores; gente que sabe que detesto las camas sin hacer pero que adoro los batidos de fresas. Gente que sabe las cosas que tengo pendientes de hacer antes de que me vaya de este mundo…..gente que me da felicidad y alegría con las simples cosas de la vida.

Y es que mi onomástico cae en medio de días muy particulares. Me flanquean (muy apropiadamente) el Día Internacional de los Derechos de los Animales y el Día de la Morenita del Tepeyac; la madre espiritual de todos los mexicanos que nunca le falla a los que le piden con la debida devoción. A pesar de que todos conocen muy bien mis creencias religiosas y los latigazos que siempre les he dado a los católicos cómplices de la crueldad contra los animales, no deja de sorprenderme el fervor de la gente, la devoción de los pobres que no tiene nada más que su fe….Cada año, mientras trabajo, escucho la serenata a Lupita, los comentarios, las gracias alcanzadas, y los milagros. Este año – con respeto y guardando las distancias- le pedí que tuviera compasión de su pueblo y ayudara a que las malditas corridas de toros se acabaran en México para siempre. ¿Me escuchará y me otorgará por fin ese regalo de cumpleaños?

Cuando Dios miró hacia la tierra el día en que decidió darme el soplo de vida, se quedó pensando en las cualidades que me regalaría, pero se tomó mucho más tiempo decidiendo cuál sería mi misión en la vida. Me tomó 21 años descubrirla totalmente, acostumbrarme a ella, abrazarla, amarla…pero finalmente se me hizo claro que yo llegué aquí para servir a una causa que me iba a brindar momentos claro-oscuros, con alegrías, pero también con dolor. Lo entendí, lo acepté y moriré luchando como la buena soldada que soy.

No ha sido solamente un cumpleaños más, ha sido un año más de lucha y agradecimiento para quienes ayudaron a forjar esta causa en mi alma y para quienes me ayudan a mantenerme mentalmente sana cuando la crueldad de la gente contra los animales inunda mi alma y me deja seca, muerta en vida y sin esperanza.

En medio de todas las llamadas y mensajes, este año volví a sentir  la falta de la llamada de mi padre. Su saludo infaltable con su voz pausada, cariñosa y agradecida…. ¡cuánta falta me hace aún! Y precisamente por haber nacido en diciembre, la cosa nostálgica a veces se pone peor…..porque la distancia muerde y la independencia a veces se transforma en soledad. Porque la patria llama y la vida avanza sin pedirnos permiso. Me pregunto entonces si es normal que recuerde vívidamente tantas cosas de mi niñez; que pueda recitar de manera precisa detalles que tal vez nadie recuerde.

Cada navidad mi papá bajaba cajas etiquetadas que muchas veces no coincidían con sus contenidos….Y cada año, armaba su nacimiento haciendo nacer a Jesús en un pesebre de piedras, madera o en una maravillosa cueva cercana a un manantial. Ahora entiendo, que el niño que no pudo ser, era quien movía sus manos en estos delicados proyectos que al final se tornaban en precisos y bellos paisajes en los que el mismo Niño Jesús hubiera querido nacer.

Pero en lo que ocupaba más tiempo era en la distribución y ubicación de los animales. Aún recuerdo que el día que me dijo que todos los animales del mundo vinieron a ver a Jesús se enfrascó conmigo en un tremendo debate ecológico porque le dije que eso era geográficamente imposible. A él eso no le importaba en lo más mínimo porque prontamente colocaba camellos en desiertos de arena real, gallitos en los techos de casitas alumbradas con foquitos de mil colores, y corderitos que obedientemente seguían a sus madres en fila india. Pedazos de espejos estratégicamente camuflageados se convertían  en lagos para patos y cisnes y nunca se olvidó de hacer aparecer en el camino al pesebre a perros y gatos de razas indefinidas. “Jesús nació pobre y como no tenía nada, el buey, la vaca y las ovejitas lo cobijaron del frío. Los animales no tenían qué regalarle, pero vinieron a verlo nacer y ese fue su regalo” – dijo él – y desde ese día para mí eso fue ley.

Cierro los ojos y lo veo, limpiando su LP de Villancicos Amazonenses y dándome una lucecita de Bengala a riesgo de enfrentar mil preguntas acerca de su funcionamiento. Lo veo llegando a la casa con su panetón y parchando sus lucecitas viejas para que duraran un año más. Y es en ese momento cuando el vacío de su presencia se hace abismal; cuando sé que el teléfono no sonará con su saludo de cumpleaños y sus mejores bendiciones. De inmediato pienso en su viejo disco y lamento no saber qué pasó con él. Las canciones son tan viejas que probablemente nadie las conozca o recuerde, pero de repente se me ocurre buscarlo en YouTube… ¡Y lo encuentro! Y – aunque al principio no lo puedo creer – sé que hubo una razón para que lo hallara – Fue su manera particular de enviarme su infalible saludo por el día en el que nací.

Desde el cielo de los animales donde se encuentra muy bien acompañado por todos los animales que están con él, me recordó que el camino que escogí en esta vida siempre fue el mejor para mí. Y que los humildes animales que fueron testigos del nacimiento de un Redentor, cuyo ejemplo mucha gente no sigue, fueron los seres escogidos para darle la bienvenida a este mundo.

Todos los animales de tus nacimientos, sus formas, sus caras, y sus colores viven en mi memoria de la misma manera que tú vives en mi corazón, papá.

 
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Posted by on December 12, 2011 in Activismo efectivo

 

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Papá emperador

En mi corazón, tengo la convicción de que todos los animales que mi familia salvó de las calles y que partieron antes de que nuestros corazones se los hubieran permitido, le dieron la bienvenida y ayudaron a mi papá a cruzar el Puente del Arco Iris. Tal vez será por eso que cuando la tristeza parece alcanzarme, mi convicción siempre prevalece sabiendo que él está bien gozando de un merecido premio por haber sido un hombre noble y bueno. Me imagino que Cholín lo debe tener muy ocupado jugando eternamente a la pelota en un lugar donde no existen tristezas, penas ni sinsabores.

Pero, la verdad es que aunque me alegro mucho por él; aunque le hablo a su foto todos los días y le pido me contagie una milésima de su eterna paciencia, lo extraño mucho. Extraño ver su caminar cansado, sus manos siempre ocupadas, sus manías irritantes y sus ojos buenos. Sus ojos bondadosos y profundos que se inundaban de lágrimas cada vez que me veía partir.

Hoy pasé un buen tiempo pensando en él y mirando fotos de todas las etapas de su vida. Y al verlas, me pregunté si se consideró un buen padre, si sintió que cumplió con su deber, si fue totalmente consciente de que sus esfuerzos para con sus hijas y su nieta nunca fueron en vano.

Como ser humano – considerando las limitaciones inherentes a la especie – es cierto que cometió errores, pero sin ningún ejemplo o manual de instrucciones, se empeñó para ser buen ejemplo de lo que realmente importa en la vida: lo que uno lleva en el corazón.

Con frecuencia, cuando se habla de los animales, no se hace mucha mención del importante rol que juegan los padres. En la mayoría de los casos se habla de la abnegación de las madres, del amor que brindan a sus crías, de su atenta protección y de la fiereza con la que las defienden ante cualquier peligro; pero hay un padre animal que se destaca como ejemplo casi inigualable: el Pingüino Emperador. Un animal que recorre 90 kilómetros tierra adentro hasta el lugar donde con supremo esmero cuidará de su futura cría.

Luego de que la hembra le pasa el huevo,  él lo coloca entre sus patas con sumo esmero ya que unos breves segundos en el hielo serían mortales para el bebé. La hembra regresa al mar en busca de alimento y deja solo al estoico padre en medio de un desolado paisaje de frio y hielo.

Conjuntamente con otros padres, toma turnos volteándose y se pone de espaldas para soportar fuertes vientos de hasta 200 kilómetros por hora. La incubación dura de 62 a 64
días y si la cría nace antes del retorno de la madre, él la alimentará con una sustancia lechosa que segrega desde su esófago. En esta tarea, perderá hasta 12 kilos – el 40% de su peso normal – y sólo se alimentará de nieve para no deshidratarse.

A los dos meses, la hembra regresa y lo encuentra reconociendo su llamada entre las llamadas de cientos de pingüinos. Alimenta al bebé recién nacido y es recién entonces  cuando el abnegado padre regresa al mar para buscar alimento y recuperar fuerzas.

Los animales SIEMPRE tienen algo que enseñarnos. En su vida diaria, simple y decente, SIEMPRE hay una lección que aprender. Los necios argumentan que es simplemente instinto o un acto mecánico por conservar la especie; pero los que hemos aprendido a observarlos y a respetarlos, sabemos que no es así.

Mi papá no me cuidó en el Ártico, pero me enseñó sabias lecciones de vida. Algunas las aprendí rápidamente y otras recién las aprendí después de su partida….A pesar del medio siglo, los recuerdos están allí, frescos, perennes, queridos. Y me sirven para seguir viviendo y para seguir avanzando en los momentos álgidos de la vida. Sólo tengo que cerrar los ojos para verlo despertándonos temprano para ir al colegio con una insoportable diana mañanera; escuchando mil veces sus pasodobles de la RCA Víctor en la radiola que pulía con esmero todos los fines de semana, o yendo a comprar pan fresco todas las tardes. Hay momentos en los que lo veo y hasta lo escucho diciéndome que tenga cuidado en la calle o que tenga paciencia. Y en otros momentos recuerdo lo impecable y guapo que se veía con su saco guinda y su aroma de hombre recién afeitado.

Por cuestiones generacionales y de crianza, tal vez nunca aprendió a decir lo que su corazón verdaderamente sentía, pero yo sé que siempre estuvo orgulloso de sus hijas y de su nieta. Siempre decía que mi hermana Eli era una “trome” para los números y que nadie la podía ganar en el Sudoku y que Paloma era una niña inteligente y sobre todo bondadosa. Yo le decía “en estos tiempos ya nadie usa esa palabra” pero él replicaba que así era.

Como el Pingüino Emperador sé que gustoso hubiera dado su vida por nosotras y que se sacrificó por mí. Y sé muy bien que estoicamente soportó otro tipo de inviernos y tempestades enseñándome – una vez más – que quien grita más no es necesariamente quien gana al final.

Soy quién soy gracias a ti, papá.

 
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Posted by on September 26, 2011 in Activismo efectivo

 

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Se me fue

Por ahí dicen que “todo muerto siempre fue bueno”, pero en este preciso momento fácilmente podría enumerar a unos cuantos que deben estar achicharrándose en el infierno de sus imperdonables faltas. Gente que se fue de este mundo sin haber logrado nada, sin haber marcado su presencia en algo o en alguien. Gente que se fue sin siquiera cumplir con el antiguo adagio de escribir un libro, sembrar un árbol o tener un hijo.

Mi padre probablemente sembró más de un árbol en su tierra natal, tuvo dos hijas y aunque no escribió ningún libro, dejó en mi memoria muchísimas cuentos en los que los protagonistas siempre eran animales. Ya desde mi infancia las historias relacionadas con esos seres maravillosos llenaban completamente mi necesidad de relatos interesantes y fantásticos. Y los prefería a los cuentos de la época que la mayoría de las niñas disfrutaban; cuentos que hablaban de princesas inútiles, incapaces de resolver sus retos y problemas sin la presencia de un príncipe que viniera a despertarlas, rescatarlas y liberarlas de algún encanto para después vivir felices comiendo perdices (¡para colmo!).

Mi papá sabía bien que yo detestaba esos cuentos aburridos e ilógicos y es por eso que me contaba otros en los que él era el protagonista o tenía un rol muy especial, como aquel del oso negro gigantesco que casi se lo tragó entero y a quién engañó inteligentemente para poder escapar de su persecución. El hecho de que en el Perú no existen osos negros nunca me preocupó demasiado porque el relato era interesante, intenso y mi papá contaba los cuentos muy bien.

Es más, si se lo hubiera cuestionado, él hubiera afirmado que “en su tierra todo era posible” porque era la tierra de la abundancia, el verdor, el esplendor. Su tierra querida era Luya en Amazonas y la sola mención de ese sitio que en el mapa se veía remoto para mí, era certificación suficiente. Una de las cosas que más lamento es nunca haber podido visitar esos lugares juntos cuando él aún podía hacerlo… pero como la vida, nos da oportunidades tardías, lo haré pronto…simplemente para imaginar a los grandes osos negros de sus cuentos.

Sometí a mi pobre padre a una serie interminable de preguntas y repreguntas y cuando sus ideas para inventar relatos casi llegaron a extinguirse, tuvo la genial idea de regalarme un libro en el que uno de los personajes centrales era una cierva. Genoveva de Bravante era un librito pequeño con fotos a colores al que inicialmente no le di mayor importancia pues – en parte – se trataba de la vida de una princesa prisionera en una cueva. El final feliz no
falló, pero nunca olvidaré el hecho de que la noble cierva es quien le enseñó a sobrevivir y a nunca perder la esperanza.

Las fantasías de mis libros se transformaron entonces en el ávido deseo de tener un perrito en casa. Mi hermana Eli y yo sugerimos, pedimos, rogamos, pero mi papá se negaba diciendo que los animales necesitaban sentirse libres y un departamento no era el lugar más adecuado para ellos. Por años vivimos compartiendo perros ajenos y ansiando tener uno nuestro hasta que un buen día el sueño se hizo realidad. Mi papá aún tenía reparos en el asunto: pelos en nuestro uniforme azul marino, microbios, ladridos, subidas a nuestras camas, etc.; pero con el tiempo, la ternura, el cariño y la lealtad de nuestros
animalitos vencieron todas sus reservas y se convirtieron en parte importante de su vida. Cuando cada uno de ellos se fue de este mundo, él los lloró tanto como todas las mujeres de la casa, abiertamente y sin vergüenza.

Él, que al principio pensaba que un departamento no ofrecía suficiente libertad para un animal, hizo un pacto de silencio eterno consigo mismo el instante en el que ellos tocaron su vida para otorgarle amor desinteresado, lealtad, y compañía. A nuestros perros nunca les importaron sus errores, sus limitaciones humanas, o sus manías de hombre viejo y fueron ellos quienes le otorgaron el consuelo de una cola alegre cuando llegaba muy tarde de trabajar y quienes lo quisieron de verdad cuando su compañía era lo más cercano a la ternura que todo anciano necesita.

Todos los años cuando me despedía de él para regresar a este país al cual no pertenezco, me decía “tal vez esta sea la última vez que me veas” y aunque su comentario nunca me gustaba, yo siempre sabía que lo volvería a ver. Esta última vez, cuando ya estaba muy enfermo, me besó, me bendijo y se despidió sin pronunciar su consabida frase. Pensé que se había olvidado de decirla, esperé y esperé y quise exigirle que me la dijera, pero no lo hizo. Su sonrisa triste fue su adiós porque los dos sabíamos que ya no nos íbamos a
ver.

Ni él ni ninguno de mis perros me esperaron para morir. No tuve la satisfacción de estar allí para despedirlos; se me fueron silenciosamente sin darme la oportunidad de decirles lo queridos e importantes que siempre serán para mí.

Extraño mucho a mi padre. Lo veo en los lugares que visitamos juntos, lo siento en el recuerdo grato de la gente a quien conmovió con su bondad y su nobleza y lo oigo en el silencio de noches interminables como ésta. Veo sus manos activas componiendo cosas rotas, su inacabable colección de herramientas anticuadas y pedacitos multicolores de rafia, su eterna selección de boleros en cassettes y su café de las tardes. Recuerdo su paciencia, su tolerancia, sus consejos, su mirada buena y aunque el dolor aún es fresco y profundo, me reconforta la idea de saber que ya no sufre y que me espera en compañía de todos nuestros perritos. Ellos lo esperaron en el Puente del Arco Iris y cuando lo vieron
llegar corrieron a su encuentro para no separarse jamás.

La realidad del mundo me enrostra que está muerto, pero yo no lo siento así porque uno no muere mientras es querido y mi padre siempre vivirá en mi mente y en mi corazón mientras yo exista.

 
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Posted by on September 25, 2011 in Activismo efectivo

 

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