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Tag Archives: corrida de toros

¡A impedir que el mal triunfe!

Malnacido torero

La frase célebre afirma que “Para que triunfe el mal, sólo es necesario que los buenos no hagan nada”.

Es por eso que la gente decente nunca podría propiciar, ni participar en hechos indignos realizados con el único propósito de mantener una tradición aberrante que, al verse desahuciada, da manotazos de ahogado en todas direcciones.

Aprendimos desde pequeños que una acción negativa o mala, no corrige a otra similar. Sin llegar a la máxima expresión de un perdón personificado en la oración fundamental de San Francisco de Asís, e imbuidos en nuestra naturaleza humana limitada y diaria no podemos dejar pasar la denuncia necesaria de quienes se quieren aprovechar de la desgracia de la gente engañándola con dádivas ridículas a costa de la vida de un animal.

Después de los recientes huaicos en Perú, han sido muchas las instituciones que han donado ayuda a los sobrevivientes. Se han organizado muchas actividades para ayudarlos económicamente en los sectores públicos y privados; pero una en particular me ha llenado de indignación y repugnancia: La organización de corridas de toros para ayudar a las víctimas de los desastres naturales.

El toreo siempre ha sido hipócrita y caradura. No es la primera vez que los servicios de los matarifes se han puesto a disposición del pueblo necesitado. En miles de oportunidades se han dedicado espectáculos como estos a causas de mujeres abusadas y niños desnutridos, y ahora el matarife peruano Andrés Roca Rey anuncia que masacrando a toros en el ruedo se obtendrá ayuda para las víctimas de los huaicos. ¿Es posible llegar a tal degradación y concebir que la gran mayoría de los peruanos verá su intención desesperada como un intento de caridad y solidaridad?

Me pregunto y me respondo decepcionada (pues ya conozco la respuesta) si sus patrocinadores de siempre, la iglesia católica, también tomará parte en ese descrédito. ¿Bendecirán los capotes y espadas asesinas en nombre de una de sus tantas vírgenes? ¿Celebrarán una misa en la capilla de la plaza para proteger a quienes paulatina y salvajemente destruirán a un animal sintiente? ¿Continuarán con la herejía de utilizar símbolos y personalidades religiosas para adornar la propaganda de esta fiesta de sangre?

¿No es hora ya, en el año 2017, que se pronuncien en contra de esta embrutecedora salvajada, aunque haya mucho dinero para comprar conciencias y dogmas religiosos?

La realización de ese supuesto festival al que le deseo el más rotundo de los fracasos es una aberración nacional. Nadie puede ayudar al prójimo causándole daño y dolor a otros prójimos que, a pesar de no pertenecer a nuestra especie, también tienen el derecho de vivir en paz y libres de sufrimientos.

A los matarifes no les importa infligir dolor con tal de perpetuar un acto arcaico que está en vías de extinción. Muy orondos se pasean con las partes sufrientes de sus víctimas a quienes arrancan sin piedad orejas y cola. Se sienten superiores, ganadores, todo poderosos al exhibir una parte de un animal que momentos antes era un todo. Un ser que nunca buscó una muerte tan dolorosa e indigna.

Su ilógico plan debe ser inmediatamente detenido y boicoteado con todos los medios posibles a nuestro alcance. La gran mayoría de los peruanos rechaza tajantemente las corridas de toros. Es entonces pertinente que luchemos en contra de la miopía mental y emocional de quienes persisten en la idea de que la mayoría de los peruanos consideramos esa salvajada como parte de nuestro orgullo y patrimonio nacionales.

Y aunque no lo crean, esto terminará tan pronto como el electorado elija a representantes que no tengan intereses personales en la vergüenza nacional. No necesitamos empresarios taurinos, curas metiches o ganaderos en el Congreso de nuestra patria. Si verdaderamente queremos evolucionar como país, ya es hora que nos deshagamos de taras nefastas que se hacen pasar como una cultura que debe preservarse.

Utilizando entonces la enseñanza implícita en mi cita inicial, evitemos que el mal prevalezca. Somos los buenos en esta película de terror; por lo tanto ya es hora de que tomemos acciones concretas para detenerlo.

No, Roca Rey, nadie con una pizca de sensibilidad o empatía piensa que te ves muy valiente al pasearte con la cola de un toro. Nadie cree que verdaderamente te importen los pobres damnificados de los huaicos. ¿Estuviste allí ayudando y poniendo el hombro? Por supuesto que no. Muy por el contrario, para intentar levantar a tu diversión moribunda, se te ocurrió organizar una masacre en masa a la que solamente asistirán tus primitivos secuaces.

Se supone que no debemos alegrarnos con la muerte de nadie. Este es un principio al que cuesta mucho sumarse porque muchos vemos en eso un acto de reivindicación y justicia, pero al margen de la controversia a este respecto, no olvides que, muchas veces, cuando la maldita plaza abre sus puertas con trompetas y paso dobles, y la chusma ruge ávida de sangre al llegar al tercio de muerte, el cuerpo que yace inerte sobre la arena no es necesariamente el del toro.

 

 

 

 

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Cuando la demencia está de fiesta

asesino

A pesar de las tendencias televisivas y cinematográficas de la época actual en la que el terror, la sangre y las vísceras colgantes son el ingrediente infaltable, la gran mayoría de personas pensantes y normales aún somos capaces de reconocer entre la ficción y la realidad. Es cierto que lo que resultaba atemorizante y chocante a generaciones anteriores, ahora no provoca ni el más mínimo susto a las audiencias jóvenes; pero la línea divisoria entre la fantasía y la cruda realidad aún está claramente presente.

Aunque los valores y principios son establecidos en el hogar durante los primeros años de vida de un individuo, la gran mayoría de las personas jamás encontrarían solaz o diversión al presenciar un acto de tortura y degradación espeluznantes.

Hace unos días, leí un artículo muy interesante e informativo en el que se mencionaban los comentarios realizados por Winslow Hunt respecto a la falta de literatura psicoanalítica escrita acerca de la tauromaquia. Para Hunt este espectáculo sería un candidato ideal para la aplicación del psicoanálisis pero otros psicoanalistas como Martin Grotjahn opinan que son los mismos aspectos horribles de la tauromaquia los que anulan el interés en su estudio.

Sin entrar en charlas técnicas, el artículo se centra en la psicopatología de las corridas de toros y todos sus allegados, participantes y promotores. Afirman los expertos que su atractivo central es la gratificación del sadismo y de una perversa curiosidad por saber si habrá algún muerto más, aparte del toro, cuya muerte, como todos bien sabemos, está cobardemente planeada desde el principio de su existencia. El público, participante activo en esta fiesta de crueldad y sangre, dice admirar y venerar al torero, pero en realidad anhela que el fantoche tenga también un final sangriento. Obviamente, negarán que esa es su verdadera intención; pero los psicoanalistas lo afirman con conocimiento de causa y experiencia profesional. Cualquier objeción dada por ellos sobre conceptos de dominio de bestias, belleza, o arte no substituye de ninguna manera el sadismo inherente a la fiesta bárbara de los toros.

Ahora bien, los asistentes a la fiesta de la muerte y el abuso siempre argumentarán que el toro, al ser un animal poderoso y fuerte, tiene la oportunidad de defenderse y matar a su abusador; pero quienes conocemos las argucias utilizadas por la mafia taurina, sabemos que eso no es cierto. El toro, entra al ruedo en situación de desventaja luego de haber sido debidamente “preparado” por los cómplices de los matarifes. Si el asesino se acobarda y no pone el cuerpo o si los banderilleros o el picador hacen un trabajo deficiente, la chusma taurina siente complejo de culpa asociada a fantasías sádicas reprimidas.al ver al toro “maltratado” y vejado en su honor en la lidia. En ningún espectáculo del mundo entero, se encontrará tal grado de inconsecuencia y perversidad. El amor y respeto que los explotadores taurinos dicen tener por el toro y el caballo son simplemente síntomas patológicos de su desquiciada y enferma personalidad.

Los expertos también afirman que existe una clara actitud narcisista del asesino y sus cómplices. La mafia taurina hace todo lo posible para que la fiesta de sangre incluya el colorido necesario: bandas de alegres pasodobles, embanderado general, banderillas de colores, y como punto máximo, el atuendo de tenebrosas luces que el matarife debe llevar; apretado por todos lados, ceñido al cuerpo para liberarse más fácilmente del toro y con rasgos altamente afeminados. Todo eso para desplegar exhibicionismo y auto gratificación. Ese pobre diablo es tan, pero tan poca cosa, que necesita exaltar su ego creyéndose un héroe, una persona valiente y capaz. Toda la mascarada que lo envuelve a él y a su sucia fiesta está previamente diseñado para hacerlo sentir mejor y hacerle olvidar – aunque sea por unas horas – su gran sentimiento de inferioridad.

En la tauromaquia también se encuentra presente el fenómeno que los psicoanalistas conocen como la erotización del peligro, en el que se funden las respuestas psicofisiológicas ante el miedo con la excitación sexual. Dicen los expertos – y coincido plenamente con ellos – que además de las obvias implicaciones heterosexuales de la tauromaquia, hay que tener en cuenta que, a un nivel más profundo, existen significados homosexuales flagrantes.

En la novela “El Verano Peligroso” de Ernest Hemingway, quien fue aficionado a esta salvajada, hay un pasaje que narra la cornada de Ordóñez. El relato evoca un coito sádico homosexual que aquí reproduzco:

“Al recibir al toro por detrás […] el cuerno derecho se clavó en la nalga izquierda de Antonio. No hay un sitio menos romántico ni más peligroso para ser cogido […] Vi cómo se introducía el cuerno en Antonio, levantándolo […], la herida en el glúteo tenía seis pulgadas. El cuerno le había penetrado junto al recto rasgándole los músculos”.

El psiquiatra Fernando Claramunt ha escrito sobre la psicogénesis y la psicopatología de las cogidas y afirma que muchas veces, los toreros tienen tendencias autodestructivas. Por ejemplo, el toreo de Belmonte fue considerado suicida por gran parte de la afición. Mucha gente iba a verle creyendo que serían testigos de su última corrida. Durante años Belmonte pensó obsesivamente en el suicidio y de viejo se quitó la vida. Asimismo, dice Claramunt que, en otros casos, como el de Manolete, se puede apreciar una dinámica claramente punitiva, un placer por ser cogido.

Citando ejemplos más recientes, tenemos el testimonio que una sádica taurópata dejó en Facebook como respuesta a un comentario de un colega defensor de los animales:

“Te equivocas al decir que el toro sufre en las corridas, todo lo contrario, disfruta de forma semejante a un orgasmo continuado en un humano. Te lo digo por experiencia porque yo ya he reencarnado varias veces en toro bravo y me queda el recuerdo de esa grata experiencia de morir de placer en una plaza” (sic)

Para que no te quede la menor duda del peligro que esta chusma representa en la sociedad, incluyo un extracto del libro “Manchas de Tinta y Sangre”, (“Taches d’Encre et de Sang”) ediciones Au Diable Vauvert, 2003, de Simón Casas, ex-torero fracasado, director del coso de Nimes en Francia y de la Plaza de Las Ventas de Madrid:

“Gracias a la tauromaquia vivimos una liturgia, una gran misa. Hacerle el amor al toro, esto es seguro, es impúdico, es hermoso; él viene hacia usted no para cornearlo, sino para amarlo. La muleta extendida en el suelo como una lengua que invitara para un profundo beso, el espectador se hace mirón, es un coito al que se asiste, un orgasmo colectivo, en Bayona la corrida es vaginal”.

Y para concluir, las palabras del taurópata español Fernando Sánchez Dragó, a quien, a propósito, nuestra colega anti taurina Pilar Rahola comúnmente aplasta en debates televisivos:

“Matrimonio: el torero es ying, mujer cuando hace el paseíllo y se pavonea, cuando se adorna, cuando embarca al animal en el vuelo – verónica o lo que sea – de su falda, cuando ofrece la taleguilla y abre el compás de sus piernas para que el toro – macho, varón, yang – se encele, acuda al reclamo de la hembra y embista su ingle con el falo de los pitones…. ¿Tercio de muerte o tercio de cópula? El estoque, erguida verga de curvo bálano, se hunde hasta la cruceta en el hoyo o coño de las agujas, golfo de sombras éste que tiene, como el pubis femenino y el símbolo del feminismo, forma de triángulo isósceles. El torero, tras consumar así el matrimonio, se yergue, jaquetón, y el toro, convertido en esposa desflorada, se derrumba con las patas por alto mientras los ojos se le vidrian al sentir que lo inunda el orgasmo de la muerte. De la herida, por cierto, brota sangre: la del himen”.

Bueno, imagino que interrumpiste la lectura de mi artículo para ir a vomitar, así que te daré unos minutos para reponerte. Como has visto, esta gente irreciclable, no solamente es brutalmente cruel e ignorante, sino que también disfruta de publicar su crudo verbo, su inmundicia y sus padecimientos mentales.

En el campo de lo psicológico, la tauromaquia presenta un complejo estudio de sus componentes y sus protagonistas. Discutir estos conceptos con los expertos nos llevaría mucho tiempo; pero lo importante y concluyente es saber que un espectáculo de esta naturaleza no demuestra ni una mente ni un corazón sanos. Es una enfermedad terminal y una lacra social que debemos extirpar de una vez y para siempre.

 

 
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Posted by on April 27, 2016 in Corridas de toros

 

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