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¡No más Ringling Brothers y Barnum & Bailey!

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El gen de justicia que todos los que luchamos por los derechos de los animales poseemos se encuentra como marca indeleble en nuestro ser, en nuestro corazón y en nuestro cerebro. A veces se manifiesta a una edad temprana y otras veces, se encuentra latente, en espera de una ocasión o un evento particular para emerger con toda la fuerza necesaria para cumplir la misión por la que vinimos a este mundo. Mucha gente puede creer que esa misión solo existe en nuestra imaginación y nuestro ego; pero quienes hemos dedicado nuestra vida a esta causa sabemos que nuestras acciones, nuestro compromiso y nuestra participación – en diferentes medidas e intensidades – es el motor que nos mueve a seguir pese a todos y a todo.

Ninguna causa justa obtiene logros y victorias de la noche a la mañana. Hemos sido testigos de que todo movimiento social importante pasa por etapas específicas. Al inicio, la gente que no está involucrada o que aún no puede ver la realidad recurre a la burla, al ridículo. Se mofa de las razones por las que un grupo de personas dejan su zona de confort, realizan sacrificios y dedican su vida a defender los derechos de los abusados y explotados. Luego se pasa a una etapa de comprensión o entendimiento cuando algunos empiezan a dar crédito a la lucha para luego terminar aceptando su validez y considerar unirse a ella.

Esta lucha tiene altos y bajos. Todos lo sabemos y lo hemos sentido a lo largo de nuestras propias experiencias. Terminamos de celebrar una victoria ganada a pulso y con muchísimo esfuerzo y el sabor de la victoria es efímero porque ya otra crueldad nos llama a la acción. La vida del activista por los derechos de los animales es dura, difícil, álgida….pero también es muy reconfortante y satisfactoria cuando una victoria de mayor envergadura nos ratifica que estamos trabajando por lo que es correcto, ético, decente, purificador.

Y eso ha sucedido hoy al enterarnos que todos nuestros años de trabajo y dedicación han dado frutos. El circo Ringling Brothers y Barnum & Bailey, uno de los centros de mayor explotación y abuso de animales a nivel mundial, cerrará sus puertas en mayo de este año. Este antro de crueldad y esclavitud ¡no va más!

La raza humana siempre ha tenido una inquietante curiosidad por ver de cerca a animales exóticos o a animales domésticos realizando estúpidos trucos inapropiados para su especie. En su insano afán de estar cerca de estas maravillosas criaturas, nunca dudaron en pagar el precio de una entrada que garantizaba de seguro la brutal explotación de un animal que luego de ser arrancado de su hábitat natural era sometido y vejado con castigos, humillaciones y crueldades de todo tipo. Si en tiempos antiguos la gente no tenía mucho acceso a la cruel verdad de lo que sucedía con los animales en el mundo del espectáculo; en tiempos actuales y teniendo toda la información pertinente, alguna gente siguió asistiendo al circo llevando a sus hijos para enseñarles a ser indiferentes, limitados y especistas como ellos.

Anteriormente hablaba del gen de los activistas porque pienso que por muy pequeña que sea una persona, hay un momento preciso en el que nuestro cerebro y nuestro corazón nos enseña muy claramente a distinguir lo bueno de lo malo; lo justo de lo injusto, lo decente de lo indecente. Mucha gente piensa que los niños no adquieren por sí mismos esa capacidad; pero eso no es cierto. Un niño, con las capacidades pertinentes a su edad en el lugar correcto, puede racionalizar claramente la crueldad y el abuso que se cometen contra un ser indefenso, explotado y sojuzgado.

Cuando yo era niña, asistir al Circo Ruso de Moscú era todo un evento. En esa época obscura en la que la explotación de los animales era algo de todos los días, tener una entrada para ese espectáculo podía considerarse todo un privilegio. Mi padre, ignorante aún de la explotación de los animales en un circo, me llevó a ver un espectáculo que no disfrute del todo. Recuerdo que me impresionaron sobremanera las habilidades de los trapecistas y malabaristas que realizaban trucos que yo no hubiera podido hacer nunca; pero mi corazón se desgarró cuando vi a los osos, que disfrazados como payasos, obedecían sin chistar las órdenes de los domadores que los obligaban a bailar melodías rusas, a montar bicicletas y a comportarse como payasos mientras que todos los mocosos a mi alrededor aplaudían a morir embutiéndose de golosinas grasientas y atiborradas de azúcar. Probablemente hubo también otros animales, pero los majestuosos osos marcaron una indeleble impresión en mí.

Para desgracia de mi padre, a mí nunca me gustaron las historias de princesas inútiles, dibujos animados, o muñequitas espigadas o necesitadas de un cambio de pañal. Es por eso que, a la hora de leerme un cuento o una historia, mi pobre papá tenía que recurrir a historias reales e interesantes que él inventaba o sacaba de libros. Nunca olvidaré las horas que él pasó leyéndome las interesantes historias de “El Libro de los Por qué” del Tesoro de la Juventud o de la Enciclopedia Uthea. Yo recordaba que una vez me había contado la historia de un oso pardo poderoso y fuerte y fue por eso que, al salir del circo, le pregunté por qué los osos del circo no se rebelaban contra sus domadores y los obedecían sumisamente. Él me dijo que el oso de su historia era un oso libre que vivía en su elemento pero que los osos del circo estaban “amaestrados”. Tal vez, sin quererlo, esa noche me enseñó más que el significado de una palabra nueva. Me enseñó que el especismo estaba presente en cada una de esas funciones y que animales poderosos, fuertes y magníficos eran reducidos a seres sin voluntad y sin alma. Solamente años más tarde aprendí que solamente a través de crueles maltratos y explotación se puede llegar a sojuzgar el espíritu de animales magníficos como esos, que, si quisieran, podrían eliminar a sus captores en cuestión de segundos. Comprendí que la misión de los explotadores es matar el espíritu y aplastar el alma, la naturalidad de estos seres para convertirlos en esclavos y títeres con los cuales lucrar.

Después de esa noche nunca más en mi vida pise un circo con animales.

Por supuesto que Ringling Brothers y Barnun & Bailey jamás admitirá que el cierre de sus puertas se debe al trabajo incansable y persistente de los activistas por los derechos de los animales. Los explotadores nunca admiten nuestro poderío y nuestra persistencia. Ellos aducen que cierran porque existe una gran reducción en el número de asistentes y por problemas económicos; pero la verdad es evidente. Aunque aún nos falta seguir educando a más gente, muchos por fin entendieron que el precio de su entrada fomentaba la explotación de los animales y que sus hijos realmente no aprendían nada bueno al ser indiferentes ante ese sufrimiento.

Ahora nos saldrán con frases baratas y repetitivas en las que hablarán del fin de la “familia circense”, de la pérdida de trabajo de muchos empleados y no nos sorprenderemos si también involucran a un par de niños para que lloren delante de las cámaras diciendo que extrañaran esta tradición familiar. La explotación, abuso, y crueldad contra los animales jamás será un “sano pasatiempo familiar”.

Los abusadores aún llevarán a cabo 30 presentaciones más en Atlanta, Washington, Filadelfia, Boston, Nueva York y Rhode Island y allí estaremos presentes, aún con más fuerza para seguir educando y protestando contra la explotación y el abuso. Ni nuestra voz se apaga, ni el cansancio llega cuando se trata de la total liberación de los animales.

Mucha gente olvida o ignora que estos circos empezaron a lucrar no solamente con la explotación de los animales sino también con la explotación de seres humanos que eran anormales o presentaban algunas características peculiares. El morbo de la gente los llevaba en masas a contemplar a la Mujer Barbuda, La Mujer Sirena, El Hombre de Goma, Siameses de todo tipo, enanos y cualquier otro tipo de persona deforme o anormal. Nunca hay que olvidar que la crueldad es exactamente la misma: Lo único que cambia es la víctima.

Después de más de 36 años de lucha constante, People for the Ethical Treatment of Animals (PETA), celebra que el “Show más triste del planeta” llegue a su fin. Ingrid Newkirk, presidenta de PETA espera que otros circos sigan ese ejemplo y se den cuenta que estamos en el año 2017, una época en la que espectáculos de este tipo no son ni necesarios, ni bienvenidos.

Fue en 1882 cuando Barnum arrancó de su hábitat natural a Jumbo, un elefante asiático que fue traído a América para “entretener” a una masa ignorante e indiferente. Y es en el 2017 cuando los esfuerzos de los activistas se ven premiados con esta tremenda victoria merecida, ansiada, esperada y trabajada por muchos años de perseverancia y compromiso.

Hoy es un día victorioso para los animales y sus defensores. Hemos roto importantes cadenas, cadenas que mucha gente pensó eran inquebrantables. Celebremos la victoria y recarguemos nuestras energías, porque, como ya bien saben, aún nos quedan otras cadenas por quebrar.

¡Hasta la victoria final!

 

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Hartazgo en acción

Hartazgo

¿Seré yo, o será una condición que llega con la madurez? Últimamente el hartazgo tarda mucho en despedirse de mí para permitirme seguir viviendo en esta maraña de gente cada vez más innoble, cada vez más impía, cruel y estúpida. Dicen por allí que el hartazgo tal vez es una oportunidad para eternizar el olvido; pero el olvido es precisamente un lujo que los activistas por los derechos de los animales no nos podemos dar.

En estas últimas semanas hemos sido testigos de dos actos particularmente indignos en los que la estupidez humana le ganó la partida al sentido común, a la decencia y a la empatía que se espera, por lo menos en una cantidad ínfima, de seres que voluntaria y conscientemente han esclavizado a animales a quienes privaron de sus familias, sus hábitats y sus vidas como seres de la creación.

El primer caso en el zoológico de Santiago en Chile donde un demente desnudo se arrojó al foso de los leones. Los medios rápidamente se apresuraron a decir que “las imágenes podían herir susceptibilidades” pues los leones, molestados por el loco suicida, empezaron a hacer lo que les dicta su naturaleza. No atacaron al imbécil porque eran leones malos, asesinos o ávidos de sangre, sino porque así lo determinaban siglos y siglos de naturaleza establecida. ¿Y dónde quedó la susceptibilidad por los disparos que acabaron con estos magníficos animales? Estoy completamente segura que en ese momento también había niños presentes, pero, en esta sociedad especista y cruel, ese detalle queda olvidado. Con taparles los ojos y comprarles una golosina barata para que se les pase el susto basta. De allí, a cogerlos de la mano y a seguir enseñándoles la larga fila de esclavos que, con ojos tristes, con el espíritu muerto y con claros signos psicóticos deambulan en círculos en eternas jaulas esperando el día en que la muerte los libere. ¡Linda lección para los niños¡¡Excelente lección en valores, en principios, en la idea central de lo que la libertad, el respeto y la decencia significan! Su desensibilización se refuerza y su capacidad de empatía se reduce a niveles mínimos, reforzando la idea de que los animales están en este mundo para servirlos, para comerlos, para usarlos, para entretenerlos, para matarlos a balazos cuando la vida de “cualquier” humanoide – aunque éste no valga la pena – esté en riesgo. Esa fue precisamente la excusa especista de Alejandra Montalva, la directora del zoológico chileno, cuando fue entrevistada por la prensa.

Y luego, en el Zoológico de Cincinnati, después de más de 17 años de explotación y cautiverio, el gorila Harambe murió baleado por la irresponsabilidad de una tipa incapaz de controlar a su hijo. Harambe, siendo gorila, teniendo en sus genes la característica de ser un animal sociable y familiar, y siendo vegetariano, siempre asumió una actitud de protección frente al mocoso intruso. Pero los gritos de los humanoides, la confusión y la premura del momento, tal vez lo confundieron un tanto al punto de que arrastró al niño sin saber qué hacer. Los que sí supieron que hacer fueron quienes lo mataron bajo el pretexto de “salvar” la vida del niño.

Luego de la injusta muerte de Harambe, la etóloga Australiana Gisela Kaplan de la Universidad de Nueva Inglaterra afirmó que el niño nunca estuvo en peligro pues él, por ser un niño, no representaba una amenaza para el gorila. Harambe hubiera entendido que se trataba de un niño indefenso necesitado de protección. Kaplan dijo que los gorilas no son una especie agresiva y que, si el gorila hubiera querido dañar al niño, le hubiera dado alguna señal de advertencia, como golpear repetidamente su pecho, a la mejor usanza de los gorilas protectores de su grupo.

Harambe estaba investigando lo que sucedía y por eso se dirigió al lugar en el que el niño estaba. Él simplemente estaba siguiendo su comportamiento natural y probablemente su intención fue mover al niño lejos de todos los gritos de la gente. Entre los primates, los gritos solo se utilizan en situaciones extremas y cuando esto sucede sus niveles de estrés se elevan.

Finalmente, Kaplan dijo que la muerte de Harambe tendrá un tremendo impacto en el grupo de gorilas. Todos sentirán el duelo y no podrán reemplazarlo con otro macho. Los gorilas tienen una conexión afectiva muy estrecha y el grupo entero quedará destruido.

Son este tipo de acciones las que me llenan de un hartazgo un tanto paralizante. Todo esto sumado a otras noticias que claramente indican que algunos seres humanos son la peor maldición que le pudo caer al mundo animal. Animales abusados en las calles, animales hacinados en pseudo-albergues por personas que – aunque tal vez bien intencionadas –  no entienden que una vida de privación y de miseria NO es la vida que ningún animal merece. Gente mentalmente inteligente que aún me sale con la excusa de que no hay suficiente comida vegana para satisfacer su paladar adictivo; gente enferma que a pesar de sus padecimientos sigue aferrada con uñas y dientes a los cadáveres y secreciones animales que les produjeron dichas enfermedades; gente que, en este tiempo y época, aún cree que tomarse una maldita foto con un animal en cautiverio es algo digno de reconocimiento y celebración.

Nos acusan de ser misántropos, pero, ¿cómo se puede ignorar, superar, olvidar o perdonar toda la serie de crueldades perpetrada sobre seres inocentes a los que la humanidad ha esclavizado desde el principio de los tiempos? ¿Hasta cuándo tendremos que esperar, o, mejor dicho, hasta cuándo tendrán ellos que esperar?

Hay momentos en los que desearía que una gigantesca revuelta ávida de justicia contagiara a todas las especies animales del planeta, que una hecatombe animal, similar a la transcendental escena de César diciendo “¡Noooo!” en el Planeta de los Simios, cayera con todo su poderío y fuerza contra los humanos explotadores y abusivos. Solo nos salvaríamos quienes los defendimos y protegimos a TODOS, salvaguardados con una “V” indeleble como señal de aceptación de un nuevo pacto de vida, libertad y justicia. Podemos tener sueños legendarios y épicos, ¿no? Pero en el entretiempo, hay que saber trabajar coordinadamente y sin ridículas envidias y rivalidades que de nada les sirven a los animales. Ellos no tienen tiempo para esperar a que se decida que foto, que cara o que logo se publica en la prensa.

Y para que eso suceda, hay que saber seguir los ejemplos eficaces, correctos; los ejemplos modelos como los que a mí me da mi Alma Mater, PETA. Nadie en el mundo entero trabaja como ellos; nadie tiene el mismo nivel de compromiso, de eficacia, de estrategia, de energía y de positivismo pese a la crueldad más extrema.

Estar con ellos hace unas semanas fue un bálsamo reparador para mi espíritu cansado y harto. Ahora mismo que necesito una inyección de paciencia y energía solo tengo que escribirles y el milagro sucede. Me levanto del hartazgo, miro un reflejo cansado en el espejo, y a la segunda vez, sé que no queda otro camino que seguir y seguir y seguir. No me queda otra opción con la que pudiera vivir tranquila. Sé que es la opción correcta, la única, la válida, la verdadera….

Bien lo dijo Schopenhauer, “La existencia humana debe ser una especie de error”. Concuerdo con él al cien por ciento (con honrosas excepciones, por supuesto); pero mientras dure esta batalla terrenal, no me queda otra que seguir luchando.

 

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