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Agujeritos de plata

2016 Marzo - Sonriente

Realmente no sé dónde se va el tiempo. Acabo de pestañear y ya pasaron dos meses…. Y en todo este tiempo pasó de todo, cosas positivas y menos positivas; logros, victorias, retrasos, decepciones, y una tristeza que languidece hasta ahora, no solamente por la pérdida real sino también por lo que la pérdida implica para otros.

Los activistas por los derechos de los animales estamos destinados a conectar todos los hechos de nuestras vidas. En realidad, no podemos existir sin comprobar que todo siempre está entrelazado con causas y consecuencias. Ese es nuestro modus operandi y lo aplicamos a todos los hechos de nuestra vida.

Hace unos días Camila, mi perrita de Lima, abandonó este mundo. Aunque, por razones de distancias físicas, no compartimos el día a día, bastaba que fuera un animal; un animal rescatado para que tuviera un lugar especial en mi corazón. Ella sufrió la crueldad y la indiferencia de las calles hasta el día en que llegó a la casa de mi madre. Se llevó con ella todos esos malos recuerdos que espero haya borrado y perdonado al haber recibido la bondad y el cariño que se le brindó en mi casa; pero como yo no soy perra, ni tengo su nobleza, nunca podré olvidarme del hecho de que debido a un golpe recibido en sus tiempos de callejera se quedó ciega.

Cuando supe que sus ojitos iban a quedarse sin luz, hablé con varios veterinarios acerca de la posibilidad de ayudarla para revertir esa condición; pero todos ellos pensaron que, debido a su edad y a su falta de historia clínica específica, lo mejor era no intervenir. En lo que sí coincidieron fue en el hecho de que su ceguera podría haber sido causada por un maltrato, un golpe propinado por alguna de esas lacras que pululan en las calles abusando de los indefensos.

Su ceguera nos dolió más a nosotras que a ella misma. Los animales son seres fuertes, resilientes, aguerridos. Ellos toman la vida y sus penurias como vienen y siempre siguen adelante. Solamente por esa razón deberíamos tratar de parecernos a ellos. Nosotros, los limitados humanos, siempre hacemos tragedia y nos ponemos por un largo tiempo en situación de víctimas. Los animales, no. Si a ellos les falta alguno de sus sentidos, agudizan más los que les quedan y siguen adelante con sus vidas sin mirar atrás. Así fue la vida de Camila. Ella aprendió a manejarse bien en la casa y ni su ánimo, ni su alegría nunca se apagaron. A pesar de su limitación física, continuó con su vida y la disfrutó hasta el último momento.

Yo me despido tantas veces, de tantas personas y animales, que nunca sé si esa despedida será tal vez la última. Siempre trato de hacerlo casualmente, como si pudiera volver a ver al objeto de mi despedida al día siguiente; pero la verdad es que uno nunca sabe. La última vez que me despedí de Camila, le acaricié la cabecita y le pedí que siguiera acompañando, de alguna forma, a mi mamá. Como siempre dije “hasta la vuelta” y me fui.

Esta tarde, al ver su foto espiándome desde mi escritorio, la recuerdo y aunque aún la lloro, mi satisfacción de que llevó una vida plena es más fuerte que mi pena. Pienso entonces en todos los otros perros callejeros que no tuvieron la misma suerte que Camila; en todas esas criaturas que sufrieron y languidecieron hasta morir en las calles ante la mirada indiferente de la gente indolente que los considera parte del paisaje diario.

Tienes todo el derecho de emocionarte temporalmente ante la situación de los animales callejeros; pero luego de hacerlo, date cuenta que la manera más efectiva de ayudarlos, es hacer algo concreto por ellos. La ayuda, para ser real y marcar la diferencia, debe ser tangible. Por eso, ayuda adoptando a un callejerito, donando alimentos o medicinas a un albergue, promoviendo campañas de esterilización en tu barrio o colaborando como un voluntario profesional y eficiente. Nunca olvides que el tiempo, el esfuerzo y la ayuda tangible de los humanos siempre se puede medir y cuantificar; pero lo que los animales te darán a cambio, simplemente, no tiene precio.

Mando entonces, al Puente del Arco Iris, y en honor a Camila Fatmagul y a todos esos otros callejeritos, el brillante y emotivo poema de Manuel Benítez Carrasco “El Perro Cojo”. En el caso de mi Camila, no serán agujeritos de plata producidos por su muletita de perro cojo; serán agujeritos de plata producidos por la brillantez y la nobleza de sus nuevos ojitos sanos.

EL PERRO COJO

Manuel Benítez Carrasco

Con una pata colgando, despojo de una pedrada,

pasó el perro por mi lado. Un perro de pobre casta.

Uno de esos callejeros pobres de sangre y estampa.

Nacen en cualquier rincón, de perras tristes y flacas,

destinados a comer basuras de plaza en plaza.

Cuando pequeños, qué finos y ágiles son en la infancia,

baloncitos de peluche, tibios borlones de lana,

los miman, los acurrucan, los sacan al sol, les cantan.

Cuando mayores, al tiempo que ven que se fue la gracia,

los dejan a su ventura, mendigos de casa en casa,

sus hambres por los rincones y su sed sobre las charcas.

Qué tristes ojos que tienen, qué recóndita mirada

como si en ella pusieran su dolor a media asta.

Y se mueren de tristeza a la sombra de una tapia,

si es que un lazo no les da una muerte anticipada.

Yo le llamo: psss, psss, psss…Todo orejas asustadas,

todo hociquito curioso, todo sed, hambre y nostalgia,

el perro escucha mi voz, olfatea mis palabras

como esperando o temiendo pan, caricias… o pedradas.

No en vano lleva marcado un mal recuerdo en su pata.

Lo vuelvo a llamar: psss, psss… Dócil a medias avanza

moviendo el rabo con miedo y las orejitas gachas.

Chasco los dedos; y le digo: “Ven aquí, no te haré nada,

vamos, vamos, ven aquí”. Y adiós la desconfianza,

que ya se tiende a mis pies, a tiernos aullidos habla,

ladra para hablar más fuerte, salta, gira; gira, salta;

llora, ríe; ríe, llora; lengua, orejas, ojos, patas

y el rabo es un incansable abanico de palabras.

Es su alegría tan grande que más que hablarme, me canta.

“¿Qué piedra te dejó cojo? Sí, sí, sí, malhaya”.

El perro me entiende; sabe que maldigo la pedrada,

aquella pedrada dura que le destrozó la pata

y él, con el rabo, me dice que me agradece la lástima.

“Pero tú no te preocupes, ya no ha de faltarte nada.

Yo también soy callejero, aunque de distintas plazas

y a patita coja y triste voy de jornada en jornada.

Las piedras que me tiraron me dejaron coja el alma.

Entre basuras de tierra tengo mi pan y mi almohada.

Vamos, pues, perrito mío, vamos, anda que te anda,

con nuestra cojera a cuestas, con nuestra tristeza en andas,

yo por mis calles oscuras, tú por tus calles calladas,

tú la pedrada en el cuerpo, yo la pedrada en el alma

y cuando mueras, amigo, yo te enterraré en mi casa

bajo un letrero: “Aquí yace un amigo de mi infancia”.

Y en el cielo de los perros, pan tierno y carne mechada,

te regalará San Roque una muleta de plata.

Compañeros, si los hay, amigos donde los haya,

mi perro y yo por la vida: pan pobre, rica compaña.

Era joven y era viejo; por más que yo lo cuidaba,

el tiempo malo pasado lo dejó medio sin alma.

Y fueron muchas las hambres, mucho peso en sus tres patas

y una mañana, en el huerto, debajo de mi ventana,

lo encontré tendido, frío, como una piedra mojada,

un duro musgo de pelo, con el rocío brillaba.

Ya estaba mi pobre perro muerto de las cuatro patas.

Hacia el cielo de los perros se fue, anda que te anda,

las orejas de relente y el hociquillo de escarcha.

Portero y dueño del cielo San Roque en la puerta estaba:

ortopédico de mimos, cirujano de palabras,

bien surtido de intercambios con que curar viejas taras.

“Para ti… un rabo de oro; para ti… un ojo de ámbar;

tú… tus orejas de nieve; tú… tus colmillos de escarcha.

Y tú, – mi perro reía – tú… tu muleta de plata”.

Ahora ya sé por qué está la noche agujereada:

¿Estrellas… luceros…?

No, es mi perro cuando anda…

con la muleta va haciendo agujeritos de plata.

 

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Resiste el impulso

Julio 2014 - Carita de angel

Comprar un par de zapatos un poquito más caros, ordenar un café más grande al último minuto, tomar una golosina mientras se espera para pagar otras compras en un supermercado… Todas estas acciones son actos impulsivos que no afectan a nadie más que a nuestra economía. Pero ver la carita necesitada de un animal y “adoptarlo” por impulso es una acción que perjudica al animal a quien se quiere ayudar. ¿Te llevarías a casa a un niño callejero sin antes evaluar si vas a poderlo mantener como se debe? La situación es exactamente la misma. Ninguna diferencia, porque la adopción de una animal es una acción de por vida que involucra muchísima responsabilidad, gastos, tiempo, dedicación y persistencia. Y esto, en la mayoría de los casos, es mucho más relevante cuando la gente huachafa se obsesiona por comprar un perro de raza. Se ha probado hasta el cansancio que los perros de raza, debido a su constante manipulación genética, siempre tienen mayores problemas de salud y de temperamento. Y ya sabemos que comprar a un animal de un criador no es solamente un acto totalmente irresponsable y cruel sino que se asemejaría al cruel y repugnante comercio de esclavos de siglos pasados o a la trata de blancas tan frecuente en estos días. La gente que conscientemente reproduce a un animal para obtener dinero mientras que miles de animales necesitados en las calles buscan un hogar, es un ser miserable y rastrero que ya tiene ganado un lugar especial en el infierno. El “criador responsable” al igual que el violador compasivo, el pedófilo bondadoso o el carnívoro preocupado por el medio ambiente, simplemente NO EXISTEN.

Es totalmente cierto que a veces la mirada de un animal nos puede llevar a adoptar a un animal por impulso; pero esta acción repentina, generalmente termina mal y ocasiona mayores sufrimientos a los animales. Los animales son seres extremadamente inteligentes y sensibles que experimentan sentimientos como los seres humanos. Los animales que son puestos en adopción y que esperan el hogar deseado pasando por múltiples hogares temporales sufren hasta llegar a un nivel de depresión extrema. Cuando son recibidos en los hogares temporales, ellos no saben que su estadía en esas casas es pasajera. Ellos piensan que por fin encontraron un hogar de por vida; que ese será su hogar para siempre. Es por eso que, a pesar de las buenas intenciones de las personas que los rescatan de las calles, se debe minimizar el lugar y el tiempo que los animales pasan en hogares temporales.

Asimismo, en Latinoamérica, hay que crear la cultura de una adopción responsable que involucra el pago por adopción. No porque el animal sea un objeto que se vende, sino porque la mayoría de los humanoides no valora, ni aprecia en su justa medida lo que es gratis. Tampoco se trata de “adoptar” animales a diestra y siniestra por el simple hecho de deshacerse de los animales lo más pronto posible. Adoptar animales sin que el futuro adoptante haya pasado por un proceso de selección estricta o sin que el animal haya sido esterilizado es un error garrafal que no debe seguir cometiéndose.

Cuando se adopta a un animal, es crucial prepararse para la responsabilidad que esto implica. Esta no es una decisión que debe tomarse a la ligera. En los Estados Unidos, donde los animales de compañía gozan de mucha mayor protección que los animales en Latinoamérica, una de las razones principales del abandono de los animales en albergues es precisamente porque sus guardianes se dan cuenta que nunca estuvieron listos para tomar tal responsabilidad financiera. Abandonar a un animal en un albergue o en la calle jamás debería ser una opción. Durante la recesión económica del 2009, se predijo que por lo menos un millón de perros y gatos iban a ser abandonados en los Estados Unidos.

El presupuesto que implica adoptar a un perro o gato incluye comida apropiada, juguetes, atención veterinaria, complicaciones médicas, condiciones crónicas, bocaditos, servicios de peluquería, guardería, etc. De acuerdo a un estudio realizado en el 2011, el costo promedio de manutención de un perro de por vida en los Estados Unidos es de $20,000. El costo para un gato asciende a $17,000. Obviamente estos costos son más altos en los países desarrollados, pero muy pocas personas interesadas en deshacerse de los animales que tienen en adopción mencionan estos “detalles” cuando llevan a cabo un evento de adopciones gratuitas. Sea cual sea la moneda a utilizarse y sea cual sea el presupuesto aplicable, adoptar a un animal implica una gran responsabilidad moral y económica.

De acuerdo a un estudio realizado por Dog Time, cada año, en los Estados Unidos aproximadamente 13 millones de hogares norteamericanos adoptan a un perro o a un cachorrito y después de un año la mitad de estos animales han sido abandonados en un albergue. Es muy importante darse cuenta que estas cifras corresponden a un país desarrollado, con leyes que protegen a los animales, con un presupuesto más alto y con verdaderos albergues para animales. Compara entonces la situación con lo que sucede en los países Latinoamericanos y te darás cuenta de que la situación allí es mucho peor.

Los animales no son objetos reciclables; son una responsabilidad de por vida. Adoptarlos por impulso para iniciar una cadena de eventos que generalmente termina con una eutanasia no ayuda a los animales de ninguna manera. Si realmente queremos ayudar a los animales que buscan un hogar y reducir el número de animales abandonados, no solamente debemos recurrir a su inmediata esterilización sino que también debemos frenar los impulsos de adoptarlos sin contar con los medios necesarios para brindarles el hogar que merecen. Rescatar no es sinónimo de reciclar. Nunca olvides eso.

Y finalmente, mentir para poder librarse de un animal mediante una adopción dudosa es un acto no solamente cruel y reprochable sino también estúpido, pues el único perjudicado será el animal que busca un hogar de por vida. Inventarles pedigree, teñirles el pelo, cortárselo en un estilo particular, reducir su edad o sus condiciones de salud perjudica al animal si los adoptantes deciden devolverlo, o mucho peor, abandonarlo en las calles donde sufrirá terriblemente. Los animales que llegaron a mi vida, por lo menos nuestras últimas adquisiciones, llegaron con su dosis de mentiras y cuentos. Si no se hubiera tratado de los miembros de mi familia, tal vez otras personas las hubieran devuelto de inmediato; pero ese par de suertudas llegaron al mejor de los hogares donde su ladrido es ley y donde nos tienen a todos atados a sus patitas. Jamás las hubiéramos devuelto y asumimos toda la responsabilidad, sobre todo la financiera, porque animal que entra adoptado a nuestra casa, ya no sale de allí jamás. Si fuera un sacrificio tomar esta responsabilidad lo haríamos con gusto, pero lamentablemente, no todo el mundo ve a los animales como lo que realmente son: seres que sienten, compañeros de por vida, miembros de la familia, amigos para siempre.

Camila es nuestra nueva adquisición. Llegó con el temor y las dudas propias de la calle: temerosa, agresiva, insegura, tímida, hambrienta, sin modales caninos, ansiosa. Mis familiares tomaron el tremendo reto de educarla y enseñarle nuevas cosas, pero sobre todo convencerla de que ese iba a ser su hogar de por vida. De que iba a estar con nosotros hasta que las canas cubrieran su carita rechoncha y su caminar fuera lento. Camila aprendió pronto (aunque aún le quedan otras cosas por aprender, como a todos nosotros) que la vamos a querer de corazón y de por vida, aunque a veces se meta en la basura buscando comida, le gruña un poco a Hermi (que como dice mi hermana, literalmente “la recibió con los brazos abiertos”) o se niegue a caminar con su arnés y correa por las calles.

Camila ha probado la paciencia de todos y ha impuesto una nueva forma de esquí perruno cuando decide dejar de caminar en la calle. Pero cuando pienso en ella, entiendo su rechazo por la calle, su odio por las avenidas que antes la vieron vagar sola y hambrienta. Entiendo su desconfianza por los humanoides que pasaron delante de ella sin siquiera notar su necesidad de protección y afecto. No la culpo. Tiene toda la razón.

Camila tiene una mirada profunda como si se tratase de un espíritu viejo reencarnado que te conoce perfectamente bien. Es inteligente, creativa, excéntrica en algunos momentos y estoica. Como si un dolor más no fuera importante. Solo Dios sabe todo lo que pasó en la calle, pero eso ya no importa más. Tal vez, de vez en cuando, su sueño cobijado en frazadita nueva e importada se vea perturbado por los fantasmas del pasado; pero lo importante será que al despertar se dará cuenta que tiene una casa y gente que la ama por lo que ella es y representa: un miembro más de la familia y una amiga de por vida. ¡Qué gratificante debe ser para ella tener la certeza de que nunca más volverá a sufrir!

Su nombre significa “aquella que está frente a Dios. La que es independiente, decidida, cariñosa y amable”. A mí no me importa mucho la etimología de su nombre. Lo importante es que no llegó a nosotros por un impulso incontrolable pues se quedará en nuestras vidas para siempre.

 

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