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Bolívar y los perros

21 Jan

Bolivar y Nevado

Pocos lo saben, pero El Libertador era amante de los animales, y en especial del perro callejero. Hoy hacemos referencia a dos notas que así lo demuestran:

Extracto de “Un día con Bolívar” por Jorge Mier Hoffman

Margarita – Nueva Esparta – Venezuela

11:00 AM: Bolívar se dirige a la caballeriza para asegurarse que los caballos se bañaron, comieron, se les revisaron las herraduras, y le fueron peinadas las crines y colas. Personalmente chequea las correas de la silla de montar y se asegura que estén bien amarradas. Antes de montar “a bautizar al palomo” – dicen de manera jocosa sus oficiales – Bolívar rocía su caballo con el característico aroma de Colonia, que no sólo lo caracterizaba a él, sino también a sus bestias y hasta sus perros. Sus soldados hacían bromas en caso de caer prisioneros, ya que para el enemigo ubicar al General Bolívar no sería nada difícil con sólo seguir la fragancia alemana.

6:00 PM: Ya cuando el sol se encuentra en el horizonte, la comitiva abandona el Palacio de Gobierno en dirección a la Quinta de Bolívar, que los vecinos llamaban sarcásticamente “La Quinta de los Perros” llamada así por la cantidad de perros que allí vivían; y que su compañera Manuela maldecía, y hasta con razón, por el número de esos animales que invadían la casa cuando el Libertador hacía su entrada.

Bolívar los amaba, y por ello se encargaba de recoger a todo perro zato que deambulaba por las aceras de Bogotá; gesto que correspondían esos desaliñados animales, que como atraídos por los nobles sentimientos del Libertador, lo seguían al ritmo de su caballo que transitaba todas las tardes del Palacio de Gobierno hacia las laderas del Monserrate.

En todo momento y al pie de su cama, al menos uno de sus preferidos se echaba a la entrada, y a sólo dos personas les era permitido interrumpir el sueño de su amo: José Palacios, su mayordomo y su compañera Manuelita. Si bien es cierto que en el intento fallido del atentado del 25 de septiembre Manuelita Sáenz pudo salvar al Libertador de ser asesinado en el Palacio de Gobierno, fueron sus perros quienes alertaron de la incursión de los treinta y ocho asesinos. Los enemigos, para llegar hasta su habitación, tuvieron que degollar a las feroces fieras, tiempo que le permitió al Libertador salir por la ventana de su habitación y, gracias a la oportuna intervención de Manuela, Bolívar ya no la llamará mi querida loca, sino la libertadora del Libertador.

“ Bolívar y su perro Nevado” por Tulio Febres Cordero, el historiador de Mérida

Después de la batalla de Niquitao, el 2 de Julio de 1813, se dirigió El Libertador a Mérida, donde permaneció durante 18 días, saliendo luego hacia Mucuchíes. En su paso por el Páramo de Mucuchíes, concretamente en Moconoque, una casa que estaba aproximadamente a 6 kilómetros de la villa de Mucuchíes, el señor Vicente Pino le regaló al Libertador un hermoso perro de la raza conocida como “mucuchíes”. Esta raza, es descendiente del Mastín de los Pirineos; estos mastines fueron traídos al país por los sacerdotes que fundaron la ciudad de Mucuchíes para que cuidaran los grandes rebaños de ovejas que traían de España. Perros de gran tamaño, fuertes, inteligentes y hábiles que defendían los rebaños de los depredadores, y con los cruces y el tiempo llegaron a conformar la raza llamada Mucuchíes.

El hermoso perro que recibió El Libertador, se llamaba Nevado. Dice la historia, que era negro como el azabache, las orejas, el lomo y la cola blancos, lo que hacía recordar la cresta nevada de los páramos andinos, razón por la cual, le pusieron por nombre “Nevado”, como nevados eran los páramos. Vicente Pino se puso a las órdenes del Libertador, le dio la información necesaria para llegar a la villa de Mucuchíes, y además asignó al servicio del Libertador, a un indio mucuchero llamado Tinjacá, que había sido criado por él, amaba a los perros, y además conocía muy bien a Nevado.

Quiso Bolívar que alguien cuidara del perro, y quien mejor que Tinjacá, por lo que le asignó este trabajo y de él aprendió Bolívar los silbidos para llamar a Nevado. Los oficiales del Estado Mayor bautizaron a Tinjacá como el “Edecán del Perro”, quedando así sellada la unión del Libertador, el indio y el perro, unión esta, que sólo terminaría con la muerte.

Cuentan que Nevado correteaba alegre al lado del alto caballo de guerra del Libertador, y que le acompañó por las ciudades y campos de batalla, recorridos en la gesta libertadora. En plena batalla, Nevado ladraba muy alto, sobresaliendo sus ladridos por sobre el fragor de la lucha, como dando ánimo a su dueño. Y cuando Bolívar entró triunfante a Caracas, recibiendo el aplauso y la admiración de toda la ciudad, muchas de las flores que le lanzaban al Libertador, le caían a Nevado, y dicen que Bolívar aseguraba que el perro también merecía el homenaje de esas flores.

Así, vivió Nevado junto a su dueño muchas batallas, sitios, vida de campamento, triunfos y derrotas, siempre acompañados por Tinjacá. Pero fue en la batalla de Carabobo el 24 de julio de 1821, cuando llegó la separación definitiva.

Después de la gloriosa batalla, que dio la libertad definitiva a su patria, Venezuela, se acercaron al Libertador dos de sus soldados, en quienes El Libertador, por la expresión que traían pudo adivinar que las noticias no eran buenas. En efecto traían la noticia de que Tinjacá estaba mal herido, y también Nevado. Bolívar lanzó su caballo al galope hasta el sitio en la llanura donde le habían señalado que estaban sus dos compañeros. Al llegar, Tinjacá, con lágrimas en los ojos sólo pudo decirle,”¡Mi General, nos han matado al perro!”

Bolívar viendo a Nevado, ya muerto, tinto en sangre, no pudo decir nada. Cuenta Tulio Febres Cordero, el historiador de Mérida, que, en los ojos del Libertador, brilló una gran lágrima de dolor.

Así, se conoce al pueblo de Mucuchíes como el Pueblo de Bolívar, y en la plaza Bolívar de este pueblo, como homenaje a esta gran amistad, se encuentra la escultura del indio Tinjacá y el Perro Nevado, junto a Bolívar.

Desde allí permanecen imperturbables, de cara a la cordillera Andina, que, con sus nieves eternas, es un mudo testigo de la Campaña Admirable y de la amistad sin tiempo de un militar idealista, un indio fiel y un noble perro.

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Posted by on January 21, 2018 in Uncategorized

 

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