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Mis respetos para ti, señora

03 Dec

mami

En nuestra vida de activistas hemos tenido muchas influencias: un líder, una persona a quien veíamos como ejemplo, un libro, una película o un evento transformador. A veces son tantas que nos las podríamos mencionar o recordar todas; pero la empatía o las primeras influencias que marcaron nuestra vida como tales tuvo que empezar en algún momento.

Los especialistas en Educación Humanitaria sostienen, desde el principio de los tiempos, que la formación ética de una persona empieza definitivamente en la niñez, principalmente en casa y luego en la escuela. Es allí donde nuestros padres siembran las semillas de compasión en nuestros corazones con la esperanza de que la cosecha de buenos frutos.

La jardinera de mi dedicación por los animales, sin lugar a dudas, fue mi madre. No tuve el privilegio ni la suerte de compartir los primeros años de mi niñez con algún animal que viviera con nosotros porque los animales de compañía con los que compartí esos años siempre fueron “prestados” hasta el momento en el que pudimos convencer a mi papá que ya era hora de abrir las puertas de nuestra casa a algún animal necesitado de hogar. Desde ese momento, yo adquirí hermanos y mis padres nuevos hijos a quien engreír y querer hasta el momento que cruzaron el Puente del Arco Iris. Casi todos ellos ya están allí, esperándome con mi papá. Esa espera es, tal vez, el mayor incentivo para morir una vez que haya visto muchos más logros para nuestra causa.

En mi adolescencia y juventud, nuestra relación tuvo muchos altibajos; mucha controversia y altisonancia; tal vez por ser tan parecidas, tan determinadas, tan perseverantes y tan tercas. Pero la vida no pasa por uno sin enseñarnos sabias e importantes lecciones. Y si algo he aprendido, con la ayuda de toda la buena gente que ha tocado mi vida, es a darme cuenta que absolutamente toda circunstancia tiene una razón de ser. Aprendí que nadie nace sabiendo cómo ser hija, madre o padre y que todos hemos hecho lo mejor que podíamos con el conocimiento que teníamos.

La figura que nunca se aleja de mi mente es la de mi madre llevándole comida a los pobre perros callejeros que vivían por los alrededores de mi casa. Mis primeros sentimientos de compasión, mis primeras lecciones de empatía hacia los animales, mis primeras nociones de realmente ponerme en la piel de otro ser, vinieron de ella y se quedaron grabadas en mí para toda la vida.

Mi madre me traspasó su sentido del deber, del esfuerzo en el trabajo, su amor interminable por la lectura y su sentido de la lealtad. Me enseñó a tener un ideal en la vida y a defenderlo hasta la muerte pese a los detractores, la crítica y la ignominia. Cada vez que algo malo pasaba o cada vez que algo iba mal con mi salud, me decía “Mañana, a esta misma hora, todo ya habrá pasado o habrá mejorado, hija”. Hoy, las circunstancias inexorables de la vida, que siempre dan vuelta; ahora que yo soy la madre y ella la hija; le digo lo mismo y con el mismo convencimiento. Las lágrimas que tal vez ella escondía en esas épocas para darme fuerzas, son las mismas que yo me trago ahora para animarla en su recuperación. En esa recuperación que yo sé que llegará porque ella es tan tenaz y perseverante como yo.

Sin ningún conocimiento científico o nutricional, y solamente basándose en su empírica percepción de las cosas, me privó del consumo de cerdos y mariscos y no me hacía tanto problema cuando me negaba a consumir el vaso de leche obligatorio de todo escolar de mi época. A ella nunca le gustó ni fomentó su consumo, reemplazándola por un rico y nutritivo vaso de avena de piña o manzana. Le agradezco inmensamente por ello. Sin saberlo, y aunque yo en esas épocas aún tenía la conciencia dormida, estaba ya creando a una vegana.

Cada vez que nuestra casa se abrió para recibir a un callejerito, repetía – creo que únicamente para demostrarnos que iba a suceder exactamente lo opuesto – que “sólo se podía quedar hasta que le encontráramos un hogar”. Esos plazos nunca se cumplieron y terminaron en un compromiso de por vida. Siempre fue una ley impuesta por ella no recordarles su pasado en las crueles calles para únicamente concentrarse en el hecho de que ahora eran amados, deseados, bienvenidos…. Todos ellos fueron más hijos de ella que yo. Y lo entiendo y comprendo. Yo, una limitada humana, jamás podría amar como ellos que la amaron de verdad y nunca la juzgaron. Más bien la acompañaron en sus alegrías y la consolaron en sus tristezas. Le hicieron la vida más llevadera cuando el destino me llevó a otros lares lejanos y le enseñaron que la vida sigue, pese a todo y a todos.

Ya entrada en años, se hizo vegetariana, y aunque a mí me hubiera gustado un cambio total al veganismo, le di el crédito que se merecía y la alenté siempre en su propósito. Hacer este cambio fue uno de los regalos más grandes que pudo haberme dado. Nunca se lo he dicho antes; pero se lo diré apenas la vea esta Navidad. No tendrá que darme ningún regalo más en todo lo que le quede de vida. Eso es más que suficiente.

Cuando se habla de las madres, siempre se dice que el mejor regalo que nos pueden dar es la vida. No lo creo. Eso es algo muy general y obvio. El mejor regalo que mi madre me dio a mí, no fue eso, ni sus buenos ejemplos, ni trabajar duro para darme una buena vida y una buena educación. No fue velar mi sueño cuando estuve enferma, ni haber sacrificado sus ahorros de toda la vida para darme una córnea. Nada de eso.

No fue darme el ejemplo de lo que significa ser una “señora” en toda la extensión de la palabra; ni ser valiente ante las circunstancias de la vida, ni luchar tenazmente hasta culminar una meta. El mejor regalo que me diste, mamá, fue abrir mi corazón, mi alma y mi mente a la causa sagrada de los animales. Tal vez la primera vez que te vi sentir compasión por un sufriente perro callejero, enfermo o hambriento, no te diste cuenta de la magnitud del ejemplo que dejabas en mí; pero ahora, más de medio siglo más tarde, te puedo asegurar, con la convicción del camino recorrido, que ese simple acto de bondad y respeto marcó mi vida para siempre y determinó mi destino y mi misión en este mundo.

¡Gracias mil por haberme enseñado el camino que hoy yo puedo enseñar a los demás! Mis victorias, pasadas, presentes y futuras estarán siempre dedicadas a ti, mamá.

 

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