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Hartazgo en acción

02 Jun

Hartazgo

¿Seré yo, o será una condición que llega con la madurez? Últimamente el hartazgo tarda mucho en despedirse de mí para permitirme seguir viviendo en esta maraña de gente cada vez más innoble, cada vez más impía, cruel y estúpida. Dicen por allí que el hartazgo tal vez es una oportunidad para eternizar el olvido; pero el olvido es precisamente un lujo que los activistas por los derechos de los animales no nos podemos dar.

En estas últimas semanas hemos sido testigos de dos actos particularmente indignos en los que la estupidez humana le ganó la partida al sentido común, a la decencia y a la empatía que se espera, por lo menos en una cantidad ínfima, de seres que voluntaria y conscientemente han esclavizado a animales a quienes privaron de sus familias, sus hábitats y sus vidas como seres de la creación.

El primer caso en el zoológico de Santiago en Chile donde un demente desnudo se arrojó al foso de los leones. Los medios rápidamente se apresuraron a decir que “las imágenes podían herir susceptibilidades” pues los leones, molestados por el loco suicida, empezaron a hacer lo que les dicta su naturaleza. No atacaron al imbécil porque eran leones malos, asesinos o ávidos de sangre, sino porque así lo determinaban siglos y siglos de naturaleza establecida. ¿Y dónde quedó la susceptibilidad por los disparos que acabaron con estos magníficos animales? Estoy completamente segura que en ese momento también había niños presentes, pero, en esta sociedad especista y cruel, ese detalle queda olvidado. Con taparles los ojos y comprarles una golosina barata para que se les pase el susto basta. De allí, a cogerlos de la mano y a seguir enseñándoles la larga fila de esclavos que, con ojos tristes, con el espíritu muerto y con claros signos psicóticos deambulan en círculos en eternas jaulas esperando el día en que la muerte los libere. ¡Linda lección para los niños¡¡Excelente lección en valores, en principios, en la idea central de lo que la libertad, el respeto y la decencia significan! Su desensibilización se refuerza y su capacidad de empatía se reduce a niveles mínimos, reforzando la idea de que los animales están en este mundo para servirlos, para comerlos, para usarlos, para entretenerlos, para matarlos a balazos cuando la vida de “cualquier” humanoide – aunque éste no valga la pena – esté en riesgo. Esa fue precisamente la excusa especista de Alejandra Montalva, la directora del zoológico chileno, cuando fue entrevistada por la prensa.

Y luego, en el Zoológico de Cincinnati, después de más de 17 años de explotación y cautiverio, el gorila Harambe murió baleado por la irresponsabilidad de una tipa incapaz de controlar a su hijo. Harambe, siendo gorila, teniendo en sus genes la característica de ser un animal sociable y familiar, y siendo vegetariano, siempre asumió una actitud de protección frente al mocoso intruso. Pero los gritos de los humanoides, la confusión y la premura del momento, tal vez lo confundieron un tanto al punto de que arrastró al niño sin saber qué hacer. Los que sí supieron que hacer fueron quienes lo mataron bajo el pretexto de “salvar” la vida del niño.

Luego de la injusta muerte de Harambe, la etóloga Australiana Gisela Kaplan de la Universidad de Nueva Inglaterra afirmó que el niño nunca estuvo en peligro pues él, por ser un niño, no representaba una amenaza para el gorila. Harambe hubiera entendido que se trataba de un niño indefenso necesitado de protección. Kaplan dijo que los gorilas no son una especie agresiva y que, si el gorila hubiera querido dañar al niño, le hubiera dado alguna señal de advertencia, como golpear repetidamente su pecho, a la mejor usanza de los gorilas protectores de su grupo.

Harambe estaba investigando lo que sucedía y por eso se dirigió al lugar en el que el niño estaba. Él simplemente estaba siguiendo su comportamiento natural y probablemente su intención fue mover al niño lejos de todos los gritos de la gente. Entre los primates, los gritos solo se utilizan en situaciones extremas y cuando esto sucede sus niveles de estrés se elevan.

Finalmente, Kaplan dijo que la muerte de Harambe tendrá un tremendo impacto en el grupo de gorilas. Todos sentirán el duelo y no podrán reemplazarlo con otro macho. Los gorilas tienen una conexión afectiva muy estrecha y el grupo entero quedará destruido.

Son este tipo de acciones las que me llenan de un hartazgo un tanto paralizante. Todo esto sumado a otras noticias que claramente indican que algunos seres humanos son la peor maldición que le pudo caer al mundo animal. Animales abusados en las calles, animales hacinados en pseudo-albergues por personas que – aunque tal vez bien intencionadas –  no entienden que una vida de privación y de miseria NO es la vida que ningún animal merece. Gente mentalmente inteligente que aún me sale con la excusa de que no hay suficiente comida vegana para satisfacer su paladar adictivo; gente enferma que a pesar de sus padecimientos sigue aferrada con uñas y dientes a los cadáveres y secreciones animales que les produjeron dichas enfermedades; gente que, en este tiempo y época, aún cree que tomarse una maldita foto con un animal en cautiverio es algo digno de reconocimiento y celebración.

Nos acusan de ser misántropos, pero, ¿cómo se puede ignorar, superar, olvidar o perdonar toda la serie de crueldades perpetrada sobre seres inocentes a los que la humanidad ha esclavizado desde el principio de los tiempos? ¿Hasta cuándo tendremos que esperar, o, mejor dicho, hasta cuándo tendrán ellos que esperar?

Hay momentos en los que desearía que una gigantesca revuelta ávida de justicia contagiara a todas las especies animales del planeta, que una hecatombe animal, similar a la transcendental escena de César diciendo “¡Noooo!” en el Planeta de los Simios, cayera con todo su poderío y fuerza contra los humanos explotadores y abusivos. Solo nos salvaríamos quienes los defendimos y protegimos a TODOS, salvaguardados con una “V” indeleble como señal de aceptación de un nuevo pacto de vida, libertad y justicia. Podemos tener sueños legendarios y épicos, ¿no? Pero en el entretiempo, hay que saber trabajar coordinadamente y sin ridículas envidias y rivalidades que de nada les sirven a los animales. Ellos no tienen tiempo para esperar a que se decida que foto, que cara o que logo se publica en la prensa.

Y para que eso suceda, hay que saber seguir los ejemplos eficaces, correctos; los ejemplos modelos como los que a mí me da mi Alma Mater, PETA. Nadie en el mundo entero trabaja como ellos; nadie tiene el mismo nivel de compromiso, de eficacia, de estrategia, de energía y de positivismo pese a la crueldad más extrema.

Estar con ellos hace unas semanas fue un bálsamo reparador para mi espíritu cansado y harto. Ahora mismo que necesito una inyección de paciencia y energía solo tengo que escribirles y el milagro sucede. Me levanto del hartazgo, miro un reflejo cansado en el espejo, y a la segunda vez, sé que no queda otro camino que seguir y seguir y seguir. No me queda otra opción con la que pudiera vivir tranquila. Sé que es la opción correcta, la única, la válida, la verdadera….

Bien lo dijo Schopenhauer, “La existencia humana debe ser una especie de error”. Concuerdo con él al cien por ciento (con honrosas excepciones, por supuesto); pero mientras dure esta batalla terrenal, no me queda otra que seguir luchando.

 

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