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Madre es madre, cualquiera sea la especie

07 May

madres

Como toda fecha importante para el género humano y en estas épocas, la celebración por el Día de la Madre no se escapará de la comercialización masiva. Es de esperar en esta sociedad de alto consumismo. Tal vez ahora los regalos serán más prácticos y menos sexistas, pero es un hecho que maña las madres tendrán su día de celebración a nivel mundial.

Su origen es debatible y podremos encontrar argumentos sobre su establecimiento como celebración alrededor del mundo. Algunas fuentes indican que un tipo de celebración alusiva ya se realizaba en Egipto o en Grecia, siempre relacionado con la fertilidad y el hecho de traer más gente a este mundo. Otras, más latinoamericanas, relacionan la celebración con el culto que en tiempos aztecas los antiguos mexicanos ya rendían a la diosa Coyolxauhqui o Maztli. Y no hay que olvidar que el concepto de la Pacha Mama, la Madre Tierra, era cosa seria y sagrada entre los Incas.

Otras fuentes citarán el origen inglés de la fecha cuando, en un fin de semana determinado por los patrones de antaño, las sirvientas que trabajaban duramente en casonas y palacios recibían un día libre para poder reunirse con sus hijos a quienes no veían por vivir esclavizadas en las casas de sus explotadores. Y fuentes más recientes dirán que sus orígenes se remontan o a la iniciativa de la escritora Julia Ward Howe quien organizó una celebración religiosa para honrar a todas las madres que habían perdido a sus hijos en conflictos bélicos o a la idea de Ana Jarvis quien fue quien estableció la celebración como un día festivo oficial en los Estados Unidos de Norteamérica.

Yo soy de la época en la que el Día de la Madre se celebraba luciendo una rosita roja o blanca en el pecho y haciendo una tarjeta propia en cartulina de colores con pegatinas de corazones, angelitos rechonchos y escarcha de todos los colores que se quedaba eternamente pegada a tus dedos, útiles escolares y maletines. Y por supuesto que no faltaba la manualidad alusiva; manualidades siempre relacionadas a las labores domésticas que nuestras madres realizaban en el hogar: toalleros, portafotos, porta cucharas, servilleteros, manteles, secadores y una interminable sucesión de cajitas decoradas que nunca entendí para qué cuernos le servirían a mi mamá.

La consabida frase “¡Tú nunca lo entenderás porque no eres madre!” me ha sido repetida innumerables veces cuando he preguntado a mi hermana o a mis amigas por qué una persona en sus cinco sentidos podría guardar un portarretrato hecho de fideos, un plato descartable con una figurita que imagino era la mamá del párvulo, o un pedazo de madera con un lazo rojo que el tiempo ya ha carcomido. Todo lo que puedo decir es que el destino y las fuerzas del universo saben muy bien por qué hacen las cosas y por qué mis órganos reproductores nunca cumplieron su función. Con toda honestidad, yo hubiera recibido el regalo en cuestión, lo hubiera guardado por algunos días, y luego lo hubiera descartado o me hubiera preparado una rica sopa con los fideos; pero, en fin, eso del instinto maternal debe ser cierto y el amor debe ser tan grande que ese plato de cartón con una mancha de color indescifrable debe ser, para las madres, la versión mocosil de un Van Gogh.

Pero, al tratarse de amor, hay otras madres, que, por no haber parido humanos, no dejan de serlo. Aquí incluyo a las que guardan los dientecitos o uñitas de sus perritos o gatitos cuando eran bebitos, sus primeros platitos, sus collares, las últimas compitas que usaron cuando eran viejitos o sus plaquitas de identificación. Están también las madres rescatistas, las que sacan del dolor y la miseria de las calles a animales que la gente indiferente ve como parte del paisaje urbano y a quienes ni se molestan en asistir porque saben que la muerte es inminente. Esas madres toman los restos, los despojos de una criatura que parece que ya no tuviera opciones de vida y con dedicación, con esfuerzo, con sacrificio, con tesón, y con una determinación a prueba de balas, convierten a esos despojos en criaturas renovadas, hermosas, salvadas, valiosas y dignas de recibir todo el amor y la atención que antes se les negó.

Admiro su labor y su valor para separarse de estas criaturas cuando les encuentran un hogar de por vida. No sé si yo pudiera hacerlo de nuevo. Lo hice una vez con mi amiga Cricket, quien rescatada de las calles y temerosa hasta de las alas de una mariposa, vivió conmigo por seis meses. El día que encontramos una excelente mamá humana para ella, lloré toda la noche al ver su camita vacía; pero después me auto convencí de que mi amiga Carol era la mejor mamá del mundo para ella. Y así fue hasta que Carol murió y Cricket regresó brevemente conmigo para luego pasar a vivir con mi amiga Alicia hasta el día en que partió hacia el Puente del Arco Iris. En realidad, nunca me separé de ella porque mientras ella vivió con Carol y Alicia yo siempre estuve presente. En su vida.

Ahora bien, muchos dirán que estos conceptos no tienen comparación, que no podemos comparar a los animales con los humanos (¡por supuesto que no hay comparación!) pero la verdad es que el amor maternal es el mismo, sea cual sea la especie. Al margen de percepciones antropomorfistas, el amor maternal demostrado por los animales es, en muchas ocasiones, mucho más evidente y fuerte que el demostrado por sus contrapartes humanas. Nunca he sabido de un animal que haya abandonado a sus hijos en la basura o los haya dejado a su suerte. Por supuesto que hay casos en los que los sabios instintos maternales de un animal hacen que eliminen a sus crías porque saben que sus debilidades físicas serán un impedimento para vivir en un mundo duro y lleno de predadores; pero ese es otro tema.

Los animales, como mucha gente aún piensa, no solamente se manejan por instinto. Ellos son seres capaces de sentir y de experimentar un sinnúmero de emociones incluyendo el amor por sus hijos. ¿Por qué crees que los animales de granja lloran y se lamentan por días cuando los separan de sus hijos? ¿Por qué una gatita tendría que entrar seis veces a un edificio en llamas y quemarse severamente por el solo propósito de rescatar a sus hijos? ¿Por qué un grupo de elefantas tendría que trabajar en el lodo por largas horas solo para salvar a uno de sus bebés atrapado en el fango? ¿Por qué una zorra que está amamantando crías tendría que auto mutilarse al ser cogida en una trampa para liberarse y correr a alimentar a sus hijos? ¿Solamente por instinto y para salvaguardar a la especie? ¡Definitivamente no!

Te sorprenderá saber, por ejemplo, que la mamá pulpo (ese que mucha gente se come a pedazos para satisfacer su ignorante gula de crueldad) cuida un promedio de 200,000 huevos durante 40 días sin abandonarlos ni siquiera para comer. Para saciar el hambre, muchas veces, es capaz de comerse uno de sus tentáculos y queda tan debilitada por el proceso de cuidar a sus hijos que muchas veces muere.

¿Y quién puede ser más resistente que la mamá elefantes cuya preñez dura 22 meses llevando en su vientre a una criatura de más de 100 kilos? El bebé elefante depende únicamente de la leche materna para alimentarse, hasta que aprende a usar su trompa para beber y traer hojas a su boca. Y es en esos precisos momentos cuando el peor de los depredadores, el más sanguinario, abusivo y avaricioso, aparece para robarles a sus hijos y venderlos a circos y zoológicos. Un elefante bebé en libertad jamás se separa de su madre.

El mundo animal está lleno de ejemplos del amor, la valentía y el sacrificio que las madres animales realizan por sus crías: La gacela que se ofrece como presa para salvar la vida de sus hijos; la mamá gorila que se enfrenta a cazadores con armas automáticas para evitar que atrapen a sus hijos para venderlos a circos y zoológicos; las focas que se ofrecen a los malnacidos cazadores para impedir que despellejen a sus bebés y las vacas que corren detrás de los camiones que llevan a sus hijos al matadero para que los desinformados o indiferentes humanos puedan disfrutar de la carne de ternera.

Los animales son seres capaces de sentir y de experimentar gozo al estar con sus familiares y semejantes. Son capaces de sentir alegría, dolor, pesar, entusiasmo, depresión, tristeza, y empatía. Y también son capaces de expresar amor más allá de la preservación de su propia especie cuando se trata de sus hijos. Entonces, aunque solo sea por un minuto, ponte en el lugar de todas esas madres, que, como tú, no quieren ver a sus hijos asesinados, esclavizados, despellejados, atrapados, mutilados o sufriendo en las calles. Por unos minutos piensa en lo que sentirías si todas estas terribles cosas les sucedieran a tus hijos en frente de ti. El hecho de no vocalizar en forma humana ese dolor desgarrante, no lo hace más llevadero o menos importante.

En este Día de la Madre, quiero invitarte a reflexionar sobre lo que he intentado explicarte en este artículo; quiero animarte a pensar, pero más que nada a sentir. La esperanza del cambio liberador nunca muere en mí; la mantendré hasta el último segundo de mi vida.

Y finalmente, quiero saludar a mi madre quien inculcó en mí el amor a los animales desde mi niñez y a mi hermana quien rescató de las calles a varios de nuestros maravillosos perritos y quien me regaló una sobrina súper inteligente, compasiva, vegetariana y defensora de los animales. Paloma es lo más cercano a una hija para mí, y aunque nunca, por obvias razones fisiológicas y de destino, podré sentir lo que una madre biológica siente al haber a una hija lograda, es un placer y un orgullo para mí saber que ella tomará la posta en esta carrera que su tía empezó por los animales hasta el día de su total liberación.

 

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