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Resiste el impulso

09 Sep

Julio 2014 - Carita de angel

Comprar un par de zapatos un poquito más caros, ordenar un café más grande al último minuto, tomar una golosina mientras se espera para pagar otras compras en un supermercado… Todas estas acciones son actos impulsivos que no afectan a nadie más que a nuestra economía. Pero ver la carita necesitada de un animal y “adoptarlo” por impulso es una acción que perjudica al animal a quien se quiere ayudar. ¿Te llevarías a casa a un niño callejero sin antes evaluar si vas a poderlo mantener como se debe? La situación es exactamente la misma. Ninguna diferencia, porque la adopción de una animal es una acción de por vida que involucra muchísima responsabilidad, gastos, tiempo, dedicación y persistencia. Y esto, en la mayoría de los casos, es mucho más relevante cuando la gente huachafa se obsesiona por comprar un perro de raza. Se ha probado hasta el cansancio que los perros de raza, debido a su constante manipulación genética, siempre tienen mayores problemas de salud y de temperamento. Y ya sabemos que comprar a un animal de un criador no es solamente un acto totalmente irresponsable y cruel sino que se asemejaría al cruel y repugnante comercio de esclavos de siglos pasados o a la trata de blancas tan frecuente en estos días. La gente que conscientemente reproduce a un animal para obtener dinero mientras que miles de animales necesitados en las calles buscan un hogar, es un ser miserable y rastrero que ya tiene ganado un lugar especial en el infierno. El “criador responsable” al igual que el violador compasivo, el pedófilo bondadoso o el carnívoro preocupado por el medio ambiente, simplemente NO EXISTEN.

Es totalmente cierto que a veces la mirada de un animal nos puede llevar a adoptar a un animal por impulso; pero esta acción repentina, generalmente termina mal y ocasiona mayores sufrimientos a los animales. Los animales son seres extremadamente inteligentes y sensibles que experimentan sentimientos como los seres humanos. Los animales que son puestos en adopción y que esperan el hogar deseado pasando por múltiples hogares temporales sufren hasta llegar a un nivel de depresión extrema. Cuando son recibidos en los hogares temporales, ellos no saben que su estadía en esas casas es pasajera. Ellos piensan que por fin encontraron un hogar de por vida; que ese será su hogar para siempre. Es por eso que, a pesar de las buenas intenciones de las personas que los rescatan de las calles, se debe minimizar el lugar y el tiempo que los animales pasan en hogares temporales.

Asimismo, en Latinoamérica, hay que crear la cultura de una adopción responsable que involucra el pago por adopción. No porque el animal sea un objeto que se vende, sino porque la mayoría de los humanoides no valora, ni aprecia en su justa medida lo que es gratis. Tampoco se trata de “adoptar” animales a diestra y siniestra por el simple hecho de deshacerse de los animales lo más pronto posible. Adoptar animales sin que el futuro adoptante haya pasado por un proceso de selección estricta o sin que el animal haya sido esterilizado es un error garrafal que no debe seguir cometiéndose.

Cuando se adopta a un animal, es crucial prepararse para la responsabilidad que esto implica. Esta no es una decisión que debe tomarse a la ligera. En los Estados Unidos, donde los animales de compañía gozan de mucha mayor protección que los animales en Latinoamérica, una de las razones principales del abandono de los animales en albergues es precisamente porque sus guardianes se dan cuenta que nunca estuvieron listos para tomar tal responsabilidad financiera. Abandonar a un animal en un albergue o en la calle jamás debería ser una opción. Durante la recesión económica del 2009, se predijo que por lo menos un millón de perros y gatos iban a ser abandonados en los Estados Unidos.

El presupuesto que implica adoptar a un perro o gato incluye comida apropiada, juguetes, atención veterinaria, complicaciones médicas, condiciones crónicas, bocaditos, servicios de peluquería, guardería, etc. De acuerdo a un estudio realizado en el 2011, el costo promedio de manutención de un perro de por vida en los Estados Unidos es de $20,000. El costo para un gato asciende a $17,000. Obviamente estos costos son más altos en los países desarrollados, pero muy pocas personas interesadas en deshacerse de los animales que tienen en adopción mencionan estos “detalles” cuando llevan a cabo un evento de adopciones gratuitas. Sea cual sea la moneda a utilizarse y sea cual sea el presupuesto aplicable, adoptar a un animal implica una gran responsabilidad moral y económica.

De acuerdo a un estudio realizado por Dog Time, cada año, en los Estados Unidos aproximadamente 13 millones de hogares norteamericanos adoptan a un perro o a un cachorrito y después de un año la mitad de estos animales han sido abandonados en un albergue. Es muy importante darse cuenta que estas cifras corresponden a un país desarrollado, con leyes que protegen a los animales, con un presupuesto más alto y con verdaderos albergues para animales. Compara entonces la situación con lo que sucede en los países Latinoamericanos y te darás cuenta de que la situación allí es mucho peor.

Los animales no son objetos reciclables; son una responsabilidad de por vida. Adoptarlos por impulso para iniciar una cadena de eventos que generalmente termina con una eutanasia no ayuda a los animales de ninguna manera. Si realmente queremos ayudar a los animales que buscan un hogar y reducir el número de animales abandonados, no solamente debemos recurrir a su inmediata esterilización sino que también debemos frenar los impulsos de adoptarlos sin contar con los medios necesarios para brindarles el hogar que merecen. Rescatar no es sinónimo de reciclar. Nunca olvides eso.

Y finalmente, mentir para poder librarse de un animal mediante una adopción dudosa es un acto no solamente cruel y reprochable sino también estúpido, pues el único perjudicado será el animal que busca un hogar de por vida. Inventarles pedigree, teñirles el pelo, cortárselo en un estilo particular, reducir su edad o sus condiciones de salud perjudica al animal si los adoptantes deciden devolverlo, o mucho peor, abandonarlo en las calles donde sufrirá terriblemente. Los animales que llegaron a mi vida, por lo menos nuestras últimas adquisiciones, llegaron con su dosis de mentiras y cuentos. Si no se hubiera tratado de los miembros de mi familia, tal vez otras personas las hubieran devuelto de inmediato; pero ese par de suertudas llegaron al mejor de los hogares donde su ladrido es ley y donde nos tienen a todos atados a sus patitas. Jamás las hubiéramos devuelto y asumimos toda la responsabilidad, sobre todo la financiera, porque animal que entra adoptado a nuestra casa, ya no sale de allí jamás. Si fuera un sacrificio tomar esta responsabilidad lo haríamos con gusto, pero lamentablemente, no todo el mundo ve a los animales como lo que realmente son: seres que sienten, compañeros de por vida, miembros de la familia, amigos para siempre.

Camila es nuestra nueva adquisición. Llegó con el temor y las dudas propias de la calle: temerosa, agresiva, insegura, tímida, hambrienta, sin modales caninos, ansiosa. Mis familiares tomaron el tremendo reto de educarla y enseñarle nuevas cosas, pero sobre todo convencerla de que ese iba a ser su hogar de por vida. De que iba a estar con nosotros hasta que las canas cubrieran su carita rechoncha y su caminar fuera lento. Camila aprendió pronto (aunque aún le quedan otras cosas por aprender, como a todos nosotros) que la vamos a querer de corazón y de por vida, aunque a veces se meta en la basura buscando comida, le gruña un poco a Hermi (que como dice mi hermana, literalmente “la recibió con los brazos abiertos”) o se niegue a caminar con su arnés y correa por las calles.

Camila ha probado la paciencia de todos y ha impuesto una nueva forma de esquí perruno cuando decide dejar de caminar en la calle. Pero cuando pienso en ella, entiendo su rechazo por la calle, su odio por las avenidas que antes la vieron vagar sola y hambrienta. Entiendo su desconfianza por los humanoides que pasaron delante de ella sin siquiera notar su necesidad de protección y afecto. No la culpo. Tiene toda la razón.

Camila tiene una mirada profunda como si se tratase de un espíritu viejo reencarnado que te conoce perfectamente bien. Es inteligente, creativa, excéntrica en algunos momentos y estoica. Como si un dolor más no fuera importante. Solo Dios sabe todo lo que pasó en la calle, pero eso ya no importa más. Tal vez, de vez en cuando, su sueño cobijado en frazadita nueva e importada se vea perturbado por los fantasmas del pasado; pero lo importante será que al despertar se dará cuenta que tiene una casa y gente que la ama por lo que ella es y representa: un miembro más de la familia y una amiga de por vida. ¡Qué gratificante debe ser para ella tener la certeza de que nunca más volverá a sufrir!

Su nombre significa “aquella que está frente a Dios. La que es independiente, decidida, cariñosa y amable”. A mí no me importa mucho la etimología de su nombre. Lo importante es que no llegó a nosotros por un impulso incontrolable pues se quedará en nuestras vidas para siempre.

 

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