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El Sin Sentido

02 Sep

Meryl Srreep

Las religiones establecidas que a cada rato pregonan – sin darse mucha cuenta del karma que pagarán – que el mundo está llegando a su fin son portadoras de alarmantes noticias. Es posible que técnicamente no le llamen karma; pero las consecuencias estarán allí de una manera u otra. Todas estas religiones entre las que la católica se distingue por ser la peor, la más cruel y la más hipócrita, siguen torturando animales, permitiendo su abuso y explotación y promoviendo el consumo de sus cuerpos martirizados y mutilados. Los hermanos evangélicos que aducen ser seguidores de Jesucristo, no siguen el ejemplo de su líder y ni si quiera tienen la menor idea de que Jesús no solamente fue un activo revolucionario de las causas de todos los oprimidos, que fue vegetariano, y que su papito convertido en zarza ardiente, cientos de años antes de que él se sacrificara por una humanidad mayormente inservible e ingrata, declaró como ley el famoso y manoseado mandamiento (de acuerdo a las conveniencias de cada quien) de NO MATAR.

En realidad, que la humanidad entera desaparezca no afectaría para nada al planeta. Es cierto que gente valiosa también desaparecería pero creo que lo importante sería valorar las importantes aportaciones que brindaron antes de terminar su ciclo en esta tierra. Creo que la mayoría de estas personas estarían dispuestas a ofrecerse en sacrificio si es que con eso se daría paso a una raza nueva, productiva, decente y compasiva. Un caso diferente se produce cuando una especie animal desaparece. Ahí sí que el planeta saldría perdiendo. Para muestra, un ejemplo: Si las abejas (consideradas por quienes no saben nada sobre ellas como simples, dañinos y antipáticos insectos) desaparecieran “la vida sería un desastre global. Al hombre sólo le quedarían cuatro años de vida. Sin abejas, no hay polinización, ni hierba, ni animales, ni alimentos, ni hombres”, según las palabras de Einstein.

Mientras que el mundo de los humanoides se hace más rastrero, perverso, vulgar y estúpido, los que aún estamos en la lucha por los derechos de los animales, tenemos que seguir encontrándole el sentido al sin sentido. No nos queda otra alternativa. Y es precisamente por eso que nos encontramos desparramados por todo el mundo. Creo que a pesar de nuestros conflictos, pesadumbres y soledades individuales, tenemos que estar estratégicamente repartidos para combatir a las lacras que aún siguen torturando y masacrando a los animales. Por eso es un gusto enorme encontrarnos en conferencias, seminarios, simposios y eventos de todo tipo. Unas horas para compartir, para sentirnos libres de no tener que dar explicaciones, para recargar baterías, y de allí, de nuevo al frente de batalla que a cada quien le toca.

Últimamente hemos tenido que lidiar muy seguido con la ignorancia, la indiferencia y la estupidez de la mayoría de la gente. La tecnología actual, que debería ser utilizada como arma de auto-educación, es generalmente usada para lo opuesto. Es utilizada para entrar a un modo “viral” de derrame de materia gris a nivel mundial que ya no distingue lo correcto de lo incorrecto y que alegremente confunde la verdadera clase con lo chabacano y lo lógico con lo que bordea la imbecilidad más flagrante. Vemos ejemplos de esto todos los santos días. El mundo entero pendiente de las patadas que unos cuantos le daban a un balón, mientras que miles de inocentes civiles morían en Gaza; un retrasado mental que muere abaleado por el arma con el que le enseñaba a disparar a una niña de nueve años; y millones de descerebrados tirándose baldes de agua helada para ayudar a una causa que tortura cruelmente a millones de animales tratando de encontrar curas a enfermedades humanas. Sé perfectamente bien que es una gringada más, una babosada que los latinoamericanos copiarán sin siquiera preguntarse por qué; pero de todos modos son ejemplos concretos del estado de la raza humanoide que anda por el mundo como zombies, sin cuestionar lo cuestionable y sirviendo de cementerio ambulante para todos los cadáveres de las criaturas que engulle. ¡Qué lindas y graciosas deben ser esas imágenes de gente indiferente e ignorante desperdiciando el agua que otras comunidades en el mundo no tienen! Estoy segura que quienes tienen que pagar a diario por el vital elemento, no disfrutan de estas imágenes para nada. ¿Pero no es eso exactamente lo mismo que ocurre con el consumo de carne? Por supuesto, los humanoides están listos a hacer caminatas y marchas por los pobres niños escuálidos de África, pero con cada mordida al muerto que tienen entre dos tajadas de pan, están contribuyendo directamente al hambre mundial, al desperdicio del agua y al calentamiento del planeta.

Hace unos días, alguien me envió la entrevista de una de mis artistas preferidas. Una verdadera ARTISTA, en todo el sentido de la palabra, (salvo por su participación en MAMMA MIA, lo cual demuestra que todos cometemos errores) Meryl Streep. En la entrevista, Meryl dice lo que piensa, y precisamente eso es lo que sucede cuando uno llega a una etapa particular de la vida. A algunas personas les llega antes y a otras después, pero el momento del hartazgo, de desaparecer las apariencias, de ser políticamente incorrecto, siempre aparece. Es allí entonces cuando se medirán las amistades, los afectos, y las lealtades. Pero como dice Meryl, ¿para qué seguir con farsas a esta altura de la vida? A continuación, por si no lo vieron paso a incluirlo en este artículo. Dijo Meryl:

“Ya no tengo paciencia para algunas cosas, no porque me haya vuelto arrogante, sino simplemente porque llegué a un punto de mi vida en el que no me apetece perder más tiempo con aquello que me desagrada o hiere.
No tengo paciencia para el cinismo, las críticas en exceso y exigencias de cualquier naturaleza.
Perdí la voluntad de agradar a quien no agrado, de amar a quien no me ama y de sonreír para quien no quiere sonreírme.
Ya no le dedico ni un minuto a quién miente o quiere manipular. Decidí no convivir más con la pretensión, la hipocresía, la deshonestidad y los elogios baratos. No me ajusto más con la barriada o el chusmerío. No soporto conflictos y comparaciones. Creo en un mundo de opuestos y por eso evito personas de carácter rígido e inflexible.
En la amistad me desagrada la falta de lealtad y la traición. No me llevo nada bien con quien no sabe elogiar o incentivar. Las exageraciones me aburren y tengo dificultad en aceptar a quien no gusta de los animales. Y encima de todo, ya no tengo paciencia alguna para quien no merece mi paciencia”.

Coincido totalmente con sus opiniones. Añadiría que la paciencia no se acaba por la edad. Y ya ustedes saben que lo que la gente piensa de mí no me importa ni un soberano comino. Acepto un nivel de inflexibilidad; pero ese siempre está relacionado con el hecho de que NO hay excusa de ningún tipo para el abuso de los animales. Y en el caso de la amistad sincera; ésta no existe si no hay reciprocidad y olvido.

Meryl casi, casi, habló por mí. Ahora solo queda seguir trabajando por los animales en medio de esta jungla de humanoides, rescatando a los que se pueda, tratando de encontrarle el sentido al sin sentido.

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Posted by on September 2, 2014 in Activismo efectivo, Veganismo

 

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