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Más que buena compañía

12 Apr

Con abriguito

Cuando pienso en su pasado me la imagino mirando todo el tumulto de la calle con ojos grandísimos, asustados, indecisos….. tal vez escondida debajo de un carro mugroso o una carretilla estacionada. Me la imagino confusa, atolondrada, pensando a mil por hora qué hacer y adónde ir…… pero, como también sucede entre el género humano, el hecho de ser bonita, curiosa, pequeñita y definitivamente indefensa, tal vez apuró el hecho de que una mano bendita y generosa la sacara del marasmo en el que se encontraba. Me imagino que, de alguna forma, encontró alivio, cierto consuelo y un poco de paz al sentir seguramente la voz cariñosa de quien la rescató de la calle, de quién le brindó agua y alimento, de quién detuvo su paso por la vida para prestarle atención a un ser necesitado.

Muchas veces he pensado averiguar quién fue esa persona a la que mi familia y yo le debemos tanto. Tal vez ni siquiera fue una persona comprometida con la causa; pero me basta saber que fue una persona que no conforme con el paisaje de abandono e indiferencia rutinarios; detuvo su vida para ayudarla. Eso es todo lo que me importa.

No hay comparación entre el animalito que mi hermana llevó a casa con el que ella es ahora. Todos sus temores y traumas – porque los perros que pasan por muchos hogares temporales se deprimen y nunca están seguros si la casa en la que están será la definitiva – desaparecieron, porque sí es cierto que el amor te cura. Sí es cierto que la paciencia y el deseo de verte restablecida es la mejor medicina….definitivamente es cierto que las segundas o terceras oportunidades existen, sobre todo si tienes en frente de ti a un perro.

Creo que este sentimiento de inseguridad y casi, casi de resignación es el mismo que siente el niño del orfanato que es llevado a diferentes casas para “probar” si su presencia, comportamiento y carácter coinciden y convencen a los posibles futuros padres. Lo que ella no sabía es que perro que entraba a esa casa ya nunca más salía. Ella no sabía que era deseada, anhelada, esperada con mucho más ilusión que cualquier bebé humano.

Y en sus patitas sucias trajo miles de bendiciones para todos nosotros y en su corazoncito ya no tan palpitante, toda la lealtad y decencia que solo poseen los perros. Fue compañía para mi padre hasta el día en el que él se nos adelantó, es amiga y compañera de tardes de mi madre, alegría constante para mi hermana y la mejor hermanita menor que mi sobrina alguna vez pudo desear. Yo no la veo a diario, pero cada vez que recibo una foto o un video de ella, mi día se mejora. Y cuando la vuelvo a ver me recibe como si no me hubiera visto en siglos, haciéndome sentir el centro del universo en ese momento.

Ahora es más que una reina y cuando veo que hace lo que le da la regalada gana, me convenzo de que las tristezas de su pasado, o quedaron olvidadas o solo retornan en pesadillas ocasionales que ya ni siquiera le hacen mella. No me importa saber por qué terminó en la calle aunque probablemente fue a causa de una condición médica que requiere de gastos extras que pagaríamos gustosos aunque tuviéramos que traer su comida especial a pie desde el África. Todas las bendiciones que un perro trae a nuestra vida jamás se equiparan con lo que nosotros les damos.

Y he querido agradecerle y recordarla porque hoy se celebra el “Día de la Mascota”, aunque hay que aclarar que ni ella, ni ningún animal doméstico, son mascotas de nadie. La connotación de la mascota tiene un significado muy trivial y decorativo y además implica la presencia de un amo. Para nosotros ellos son animales de compañía, parte de la familia, amigos leales y confidentes inviolables. Son quienes alegran nuestra vida y nos sacan una sonrisa – aunque sea chueca y maltrecha – en los momentos en los que nuestros congéneres han pisoteado nuestra alma o nos han dado, una vez más, claras pruebas de su limitada y plástica humanidad.

Hermione para quienes pronuncian correctamente su nombre al mejor estilo de Harry Potter, o Shakira para quienes, privados de la correcta dicción, solamente se fijaron en sus caderitas alegres de cariño a prueba de balas. Ella responde a los dos nombres y hasta el que a veces uso para gastarle una broma que por siempre será privada. Estoy segura que en su superioridad espiritual, sabe que no se aplica a ella, pero en su deseo de complacerme y arrancarme una sonrisa, siempre se presta a la broma.

¡Pobre del infeliz que la abandonó creándonos una gran ganancia y felices de aquellos que abren las puertas de sus hogares a un animal necesitado. Gracias a los que no sucumben a la ridiculez del pedigree y se fijan en la raza espiritual de un animal que nos dará millones de veces más de lo que le dimos. Gracias a los que los adoptan, recogen y curan. Gracias a los más humildes que comparten el único pan que tienen con sus amigos de cuatro, tres o dos patas. No hay misericordia más grande que entender, compartir y sanar el dolor ajeno.

En el Día del Animal de Compañía – sí, así con mayúsculas – solo me queda decir: “Benditos perros que hacen el mundo más tolerable y que dejan sendas de plata…”

Con una pata colgando,
despojo de una pedrada,
pasó el perro por mi lado,
un perro de pobre casta.
Uno de esos callejeros,
pobres de sangre y estampa.
Nacen en cualquier rincón,
de perras tristes y flacas,
destinados a comer
basuras de plaza en plaza.

Cuando pequeños, qué finos
y ágiles son en la infancia,
baloncitos de peluche,
tibios borlones de lana,
los miman, los acurrucan,
los sacan al sol, les cantan.
Cuando mayores, al tiempo
que ven que se fue la gracia,
los dejan a su ventura,
mendigos de casa en casa,
sus hambres por los rincones
y su sed sobre las charcas.

Qué tristes ojos que tienen,
que recóndita mirada
como si en ella pusieran
su dolor a media asta.
Y se mueren de tristeza
a la sombra de una tapia,
si es que un lazo no les da
una muerte anticipada.

Yo le llamo: psss, psss, psss.
Todo orejas asustadas,
todo hociquito curioso,
todo sed, hambre y nostalgia,
el perro escucha mi voz,
olfatea mis palabras
como esperando o temiendo
pan, caricias… o pedradas,
no en vano lleva marcado
un mal recuerdo en su pata.

Lo vuelvo a llamar: psss, psss.
Dócil a medias avanza
moviendo el rabo con miedo
y las orejitas gachas.

Chasco los dedos; le digo:
“ven aquí, no te hago nada,
vamos, vamos, ven aquí”.
Y adiós la desconfianza.
Que ya se tiende a mis pies,
a tiernos aullidos habla,
ladra para hablar más fuerte,
salta, gira; gira, salta;
llora, ríe; ríe, llora;
lengua, orejas, ojos, patas
y el rabo es un incansable
abanico de palabras.

Es su alegría tan grande
que más que hablarme, me canta.
“¿Qué piedra te dejó cojo?
Sí, sí, sí, malhaya”.

El perro me entiende; sabe
que maldigo la pedrada,
aquella pedrada dura
que le destrozó la pata
y él, con el rabo, me dice
que me agradece la lástima.

“Pero tú no te preocupes,
ya no ha de faltarte nada.
Yo también soy callejero,
aunque de distintas plazas
y a patita coja y triste
voy de jornada en jornada.
Las piedras que me tiraron
me dejaron coja el alma.

Entre basuras de tierra
tengo mi pan y mi almohada.
Vamos, pues, perrito mío,
vamos, anda que te anda,
con nuestra cojera a cuestas,
con nuestra tristeza en andas,
yo por mis calles oscuras,
tú por tus calles calladas,
tú la pedrada en el cuerpo,
yo la pedrada en el alma
y cuando mueras, amigo,
yo te enterraré en mi casa
bajo un letrero: «aquí yace
un amigo de mi infancia».

Y en el cielo de los perros,
pan tierno y carne mechada,
te regalará San Roque
una muleta de plata.
Compañeros, si los hay,
amigos donde los haya,
mi perro y yo por la vida:
pan pobre, rica compaña.

Era joven y era viejo;
por más que yo lo cuidaba,
el tiempo malo pasado
lo dejó medio sin alma.
Y fueron muchas las hambres,
mucho peso en sus tres patas
y una mañana, en el huerto,
debajo de mi ventana,
lo encontré tendido, frío,
como una piedra mojada,
un duro musgo de pelo,
con el rocío brillaba.

Ya estaba mi pobre perro
muerto de las cuatro patas.
Hacia el cielo de los perros
se fue, anda que te anda,
las orejas de relente
y el hociquillo de escarcha.
Portero y dueño del cielo
San Roque en la puerta estaba:
ortopédico de mimos,
cirujano de palabras,
bien surtido de intercambios
con que curar viejas taras.
“Para ti… un rabo de oro;
para ti… un ojo de ámbar;
tú… tus orejas de nieve;
tú… tus colmillos de escarcha.
Y tú, —mi perro reía—,
tú… tu muleta de plata”.

Ahora ya sé por qué está
la noche agujereada:
¿Estrellas… luceros…? No,
es mi perro cuando anda…
con la muleta va haciendo
agujeritos de plata.

 
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Posted by on April 12, 2014 in Animales de compañía

 

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