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Hija de tigresa, pintita

28 Oct

Mis amigos mexicanos siempre utilizan esta frase que en la mayoría de los países de Sudamérica se traduce como “del tal palo, tal astilla”. Y en el caso de mi madre y el mío se aplica en el aspecto más importante de mi vida.

Las relaciones entre hijas y madres a veces no son las mejores del mundo; sobre todo cuando dos caracteres y personalidades fuertes se encuentran. Ese fue el caso entre nosotras también. Pero el tiempo, la madurez, la distancia y la sabiduría que nos da la vida, nos enseña tarde, pero aún con tiempo, a no juzgar los errores cometidos y a ver con buenos ojos lo más positivo de esa relación.

Mi madre me dio muchos buenos ejemplos. Mi sentido del deber, de la puntualidad, del esfuerzo en el trabajo, son algunas de las cosas que le heredé. Pero también le heredé la tendencia a una excesiva preocupación o a una crítica mordaz que hasta ahora trato de controlar. Mi mamá, quizás en su preocupación por ser la estrella de un manual de madres que no existe, se preocupó por demás. No terminaba yo de estornudar por alguna razón puramente ambiental, y ella ya estaba lista con el termómetro en la mano. Todo ese entrenamiento casi obsesivo, nos sirvió años después cuando sí estuve delicada de salud y a punto de perder la vista. Fue ella, junto con mi papá, quienes no dudaron ni un segundo en proporcionarme una córnea nueva (y me imagino muy cara) con la que puedo seguir sirviendo a la causa de los animales.

Es cierto que tenía que esconderme de ella para disfrutar de helados de hielo vendidos en bolsas de plástico, seguramente manipuladas antihigiénicamente, o para comer turrones vendidos en una litera por un señor que no se veía necesariamente limpio, pero fue también gracias a ella que no probé la carne de cerdo hasta mis años universitarios cuando alguien me ofreció un sándwich de jamón.

El mejor legado de mi madre es que, desde una temprana edad, me inculcó la bondad y la compasión por los animales. La recuerdo siempre juntando restos de comida para repartirlos entre algunos “callejeritos” como los llama ella. Y esa es precisamente una de las historias que hasta ahora me repite, olvidándose tal vez que me la ha contado cientos de veces. La de una perrita que al tener la oportunidad de ser alimentada individualmente, corrió a buscar a sus compañeros guardianes de un garaje, para compartir la comida que mi mamá le llevó.

Pero la más célebre de sus historias era la frases que repitió cada vez que uno de esos callejeritos llegó para ser parte de nuestra familia. “Se puede quedar aquí sólo hasta que se le encuentre un hogar” –  decía ella, mirando al recién llegado de reojo – Pues ese plazo nunca se cumplió y siempre terminó en un compromiso de por vida hasta que cada uno de mis hermanos y hermanas pasó a esperarnos en el Puente del Arco Iris. Siempre fue ley impuesta por ella no recordarles sus tristes pasados callejeros para solamente concentrarse en el hecho de que ahora se les daba amor, un hogar de por vida y eran felices.

Todos los perros que llegaron a nuestra casa han sido más hijos de ella que yo. Y la verdad, lo entiendo muy bien porque ellos nunca le fallaron, ni la molestaron, ni la juzgaron. Más bien la consolaron, la acompañaron en sus tristezas y alegrías y le hicieron la vida más llevadera. Jamás me animaría a competir con mis hermanos de cuatro patas porque saldría perdiendo.

Y ya entrada en sus años plateados, hizo la conexión y entendió casi completamente que una de la mejor manera de ayudar concretamente a los animales, es dejar de comerlos. Es probable que en algún momento sus médicos (porque tiene varios, aunque en mi opinión no los necesita) o sus conocidos la hayan influenciado para salirse de la línea; pero para eso estoy allí yo, proporcionándole la información fidedigna y correcta sobre el mito de la proteína animal que no necesita y alentándola en su dieta vegetariana que la mantiene muy bien a sus 83 años y la hace capaz de resolver gigantescos geniogramas recordando en breves segundos los nombres de autores, ríos u obras literarias que la mayoría de la gente tiene que buscar en el Internet. Si alguien así de mayor pudo ser capaz de hacer la conexión, cualquier otra persona también puede hacerlo. Es lo que ella responde cuando la gente le dice que ella no representa para nada su edad.

Las relaciones de madre e hija son difíciles y hasta extremadamente complicadas porque generalmente las dos quieren o anhelan un tipo de relación diferente. Yo no creo en la idea de que los padres y los hijos sean amigos, pues pienso que cada quien debe cumplir su debido rol. Y tampoco hubiera podido soportar a una madre extremadamente pegajosa. Desde niña fui un espíritu muy independiente y tal vez eso no es lo que ella deseaba; pero, con el transcurso de la vida, hemos llegado a entendernos.

El mejor regalo que me pudo dar no fue darme la vida, ni trabajar duro para mantenerme, ni velar mi sueño cuando estuve enferma. El mejor regalo que me diste, mamá, fue abrir mi corazón, mi alma y mi mente a la causa sagrada de los animales. Tal vez la primera vez que te vi sentir compasión por un perro callejero, enfermo o hambriento, no te diste cuenta de la magnitud del ejemplo que dejabas en mí; pero ahora, más de medio siglo más tarde, te puedo asegurar, con la convicción del camino recorrido, que ese simple acto de bondad y respeto marcó mi vida para siempre y determinó mi destino y mi misión en este mundo.

¡Gracias mil por haberme enseñado el camino que hoy yo puedo enseñar a los demás!

 

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