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Día Internacional de los Derechos de los Animales

12 Dec

Ayer se celebró en todo el mundo el Día Internacional de los Derechos de los Animales. De esos derechos que la mayoría de la gente confunde, no entiende o no respeta.

Siempre hemos dicho que no queremos para los animales los mismos derechos que los humanos tienen. Estos seres maravillosos y superiores no necesitan – por ejemplo- el derecho al voto. Aunque si lo ejercieran, probablemente elegirían a autoridades más capaces, no nos involucrarían en guerras inútiles y estúpidas y lógicamente – al no ofrecer sus vidas en los crueles mataderos – mantendrían a sus votantes en excelente salud física y mental.

Los derechos que los animales merecen son principalmente el derecho a la vida, a disfrutar de la libertad, a la felicidad, a pasar el resto de sus vidas en sus hábitats naturales, con sus familiares y congéneres; el derecho a que nadie los explote, los utilice, los maltrate y los veje. ¿Es mucho pedir? Definitivamente, no.

Las tradiciones impuestas por siglos de explotación e ignorancia oprimieron a miles de seres humanos sin que – en su tiempo – nadie las cuestionara. El peso del racismo, la intolerancia y el sexismo cayó como maza fulminante sobre miles de personas de razas, creencias y sexos diferentes; personas a las que se les consideró inferiores, sin intelectualidad o alma. Para el explotador siempre es más fácil despojar a su víctima de cualquier vestigio de humanidad, valor o mérito. Basados en estos principios, miles de niños irlandeses fueron considerados indignos de recibir educación; miles de mujeres sufragistas fueron forzadas a comer (con métodos similares a los utilizados para obtener el paté) en sucias cárceles y miles de niños aún trabajan como esclavos en fábricas del mundo para abastecer las demandas de la gente plástica.

El famoso presidente mexicano Benito Juárez no se equivocó cuando dijo que “el respeto al derecho ajeno es la paz”. Y es precisamente esa paz la que buscamos para nuestros hermanos animales. No los queremos ver en los platos, ropas o entretenimiento de la gente; no los queremos ver sufriendo miserablemente en laboratorios para encontrar un paliativo a condiciones que los mismos humanos crearon en contra de sus cuerpos y tampoco los queremos ver desangrándose lentamente en espectáculos barbáricos y anacrónicos bajo la errónea etiqueta de cultura.

¿Es tan difícil desasociarse de lo correcto, de lo justo, de lo que debe ser? ¿Es reconfortante para algunos humanoides burlarse de nuestros esfuerzos, de nuestro trabajo o de nuestras esperanzas? ¿Es más simple criticarnos por no ayudar a otros humanos – grandes o pequeños; viejos o jóvenes? Pero lo que no ven más allá de sus narices es que al luchar por los derechos de los animales, también estamos luchando por los derechos de los humanos. Al sembrar semillas de decencia, de justicia y de empatía, colaboramos a construir un mundo mejor; al promover los principios éticos más básicos, ayudamos a que los ciudadanos del mundo tomen mejores opciones; al tratar de levantar a este mundo caído, atribulado y cansado, creamos esperanza. Y no hay nada mejor que sembrar esperanzas concretas entre quienes sufren.

En este día mi corazón se parte en dos mitades. Una lleva mi pensamiento a todos los animales por quienes respiro, vivo y trabajo. A los liberados que me reafirman la satisfacción de saber que cualquier pena y esfuerzo bien valieron la pena y a los aún prisioneros para pedirles que me esperen a mí o a cualquiera de mis compañeros, porque definitivamente llegaremos a acabar con sus penurias, cueste lo cueste y caiga quien caiga.

La otra mitad está ocupada con el recuerdo de mis compañeros. Los que luchan aquí conmigo,  tal vez sin tanta sangre y brutalidad en medio de una crueldad secreta, tecnificada y refinada, pero – más que nada- a los que luchan en países donde la impunidad contra nuestros hermanos está a la orden del día. A todos ellos que han perdido familiares, amores, trabajos, dinero, casas, sueños, futuros, y juventudes por dedicar su vida entera a esta lucha que a veces parece ser interminable. Nadie nos prometió un lecho de rosas; todo lo contrario. En esta causa la sangre abunda, el sudor mana masivamente y las lágrimas nunca son suficientes; pero – al final del camino- no hay recompensa más grande que ver nuestra mirada reflejada en los ojos de un animal libre a quien le reivindicamos sus derechos.

En las palabras de Ella Wheeler Wilcox: “Yo soy la voz de los que no tienen voz; a través de mí los animales hablarán hasta el día en que los oídos sordos del mundo puedan oír la maldad que contra ellos se comete. Yo soy quien protegerá a mis hermanos, lucharé sus luchas y me convertiré en sus palabras hasta que el mundo haga lo correcto.”

Estos son los derechos de los animales. Léelos….apréndelos…..respétalos…..

 
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Posted by on December 12, 2011 in Activismo efectivo

 

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