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El quinto, “no matar”

15 Oct

La principal motivación y meta de los explotadores de los animales (aparte del hecho de ejercer un dominio cruel sobre una víctima indefensa) es el factor económico. Y es precisamente por eso que los boicots contra ellos resultan ser una de las armas más efectivas para los activistas. Ahora bien, enviarles cartas llenas de insultos y palabrotas o plantarse fuera de sus establecimientos gritando como locos con carteles tan diversos como incoherentes, tampoco soluciona nada. Las cartas y demostraciones deben ser perfectas, al punto, y bien organizadas para que de esta manera no solamente los abusadores, sino también el público indeciso tomen en serio nuestro mensaje y nuestra lucha.

Antes de que las temporadas taurinas empezaran, un grupo representativo, legal, profesional y preparado debería visitar las oficinas de quienes – tal vez por ignorancia suprema – se prestan a auspiciar esta cruel carnicería para presentarles nuestro punto de vista poniendo énfasis y presión en el hecho de que un boicot económico pudiera ser el resultado final de su negativa a ayudar a los animales, la verdadera civilización y la cultura.

Pero todo esto debe hacerse de manera profesional, calmada y sobre todo estratégica. El verdadero activista por los derechos de los animales sabe perfectamente bien que de sus palabras y acciones depende el futuro mediato o inmediato de los animales; y es precisamente por eso que sabe comportarse a la altura de las circunstancias. Hay un lenguaje y un comportamiento especial que debe demostrarse en estas circunstancias y otro lenguaje y conducta personal que se puede demostrar en privado. A nadie le complace sentirse atacado, humillado o insultado y si el bienestar de los animales está de por medio, mayor razón para saber controlar palabras innecesarias y emociones de todo tipo. Para ayudar a los animales efectivamente, no basta quererlos, respetarlos y considerarlos; es preciso convertirse en un activista profesional.

Y precisamente como activistas profesionales debemos estar preparados para lidiar inclusive con instituciones más antiguas que el polvo del desierto, como es el caso de la casi intocable iglesia católica. Siempre me causa gracia que algunos de los más intensos nacionalistas latinoamericanos nunca arremetan contra una iglesia y una fe que nos fue brutalmente impuesta en las Américas; que no renieguen por la participación cómplice de una institución a quien jamás le importaron nuestros ancestros y que en innumerables ocasiones decidieron hacerse de la vista gorda mientras los nativos eran víctimas de todo tipo de vejaciones físicas, psíquicas y morales.

Por supuesto que los católicos cuentan con honrosas excepciones como Bartolomé de las Casas que entendiendo la brutalidad de sus congéneres, se convirtió en la voz de los nativos y reclamó sus derechos. El actuar bajo los dictámenes de su conciencia le causó problemas con la corona española y con sus colegas, serviles chupamedias de la monarquía; pero él enseñó con la consecuencia de su ejemplo al negarse a aceptar encomiendas y esclavos propios. De las Casas hizo todo lo que pudo para luchar por los derechos de gente indefensa argumentando que los nativos americanos eran seres humanos y que subyugarlos por la fuerza era totalmente injustificable. En esa época los católicos españoles creían que los nativos no eran seres humanos y que debían tener amos españoles para poder alcanzar la civilización. ¿Suena familiar? Exactamente el mismo argumento que los humanoides arguyen para explotar a los animales hoy en día.

La religión católica ha sido bipolar en lo referente a las corridas de toros. El papa Pío V las prohibió a perpetuidad y bajo pena de excomunión en 1567 y también se dieron otras prohibiciones eclesiásticas en diferentes épocas; pero en la actualidad las plazas de toros cuentan con capillas en las que se ofician misas y se bendice a los toreros y a todos sus instrumentos de tortura. Todos hemos visto alguna vez los “capotes de paseo” donde se estampan o bordan motivos religiosos y vírgenes que protegerán al torero de la “bestia”. Si esto es así, la Virgen de la Macarena debe estar más confundida que Adán en el Día de la Madre.

Lo que sucede en el ruedo simboliza una liturgia. El asesino torero es el sacerdote cuya misión consiste en acabar con el mal y cobrar venganza contra el diablo, representado en un toro negro de sangre roja (los colores satánicos). Al demonio se le representa con cuernos y el toro, al ser astado, tiene la desgracia de ser el centro de este fetichismo taurino-religioso.

Durante la lidia, los toreros pasan al toro de lado a lado, simbolizando con esto al diablo que pasa a representar al dios cristiano, hecho que demuestra el pase de la “verónica”. Asimismo, el estoque debe entrar en “cruz”. La cruz debe matar a la bestia a quien se “crucificará” con la maldita estocada. ¿Se imaginan ustedes a Jesucristo sentado en una plaza de toros festejando y gozando la inmolación de una criatura?

En 1920 el secretario del Estado Vaticano, cardenal Gasparri declaró que “la iglesia continúa condenando en alta voz, tal como lo hiciera el papa Pío V, estos sangrientos y vergonzosos espectáculos”. El popular papa Juan Pablo II, dijo también que “el hombre, salido de las manos de Dios, resulta solidario con todos los seres vivientes, como aparece en los salmos 103 y 104, donde no se hace distinción entre los hombres y los animales”. ¿Por qué entonces los sacerdotes que promueven las fiestas patronales, donde siempre hay corridas, hacen caso omiso de estas palabras de sus líderes?, ¿Por qué durante los meses de temporadas taurinas, en los sermones dominicales, nunca les escuchamos dar un rechazo total a esta barbarie?, ¿Por qué nunca les exigen a su feligresía no asistir a dichos eventos diabólicos?, ¿Por qué les permiten usar los nombres y los símbolos de su iglesia para torturar animales? Porque su complicidad e indiferencia es recompensada con dinero. Ese dinero sucio y manchado con la sangre de toros inocentes del que viven.

En una ocasión, un cura me dijo que ellos no podían hacer nada sin el permiso del Vaticano. Le mencioné la Bula Papal de Pío V y se quedó en la luna. Al quedarse sin argumentos y mirarme con odio como si yo fuera la representación femenina del anticristo, finalmente me dijo, “bueno, el que quiera ir a los toros que vaya, y el que no, que se quede en su casa”. Le contesté que podíamos decir lo mismo de la violación, de la violencia doméstica o de la pedofilia; (¿suena familiar?) quien quiera hacerlo que lo haga; y los otros, que se hagan de la vista gorda y sigan contentos con su vida. Es muy fácil mandar un mensaje de indiferencia a la feligresía y decirles que mientras algo no los afecte personalmente se mantengan al margen de reclamar por los derechos de las otras criaturas de Dios. “Hijo mío, los toros están siendo masacrados en la plaza, pero como eso a ti no te afecta directamente, sigue dando tu limosna dominical y que Dios te bendiga. Amén”.

Pues ese amén (que significa “así sea”) no es el amén por el que hemos optado la mayoría de latinoamericanos. El regocijo en la tortura y la muerte de un animal son símbolos inequívocos de la decadencia moral de los hombres.  No queremos mantener la costumbre romana de pan y circo, ni tampoco queremos ser indiferentes ante el sufrimiento de un animal en manos de cualquier explotador.

Reclámale al cura de tu iglesia, a tu pastor, rabino o imán que se manifieste públicamente en contra de las corridas de toros y cualquier otra crueldad en contra los animales. Y si no lo hace, despliégale una pancarta en medio del sermón preguntándole por qué no lo hace. Su denuncia pública no es solamente exigida por los principios básicos de su religión, sino por un orden espiritual y moral mucho más alto y relevante.

¿Qué parte de “Perdure la gloria del Señor para siempre; alégrese el Señor en todas sus obras. Sean consumidos de la tierra los pecadores, y los malvados dejen de ser” es la que no entienden?

Este noble toro es Fadjen, un toro rescatado de los cosos taurinos que ahora vive libre de sufrimientos y torturas. Aquí se puede ver claramente que no se trata de ninguna bestia salvaje siempre lista a destripar a un ser humano. Fadjen es figura central en el activismo de nuestros colegas franceses qque siguen luchando para que las corridas de toros no sean consideradas un patrimonio cultural inmaterial de los franceses.

Y aquí estoy con otro toro rescatado por los colegas de Farm Sanctuary, un hermoso refugio para animales con granjas en New York y California que estaré visitando nuevamente muy pronto. ¡Solamente me faltó el cepillo!

 

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