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Amigo de todas las criaturas

04 Oct

Mañana es el Día Mundial de los Animales y en la mayor parte de los países del mundo, se le rendirán justos honores a Francisco de Asís. Pero esta vez, quiero llamar su atención a uno de mis poquísimos santos admirados. Mi compatriota, mi paisano y colega en la lucha animalista, Martín de Porres.

Mi abuelita Domitila fue la primera persona que me habló de San Martín de Porres. Cuando la ayudaba a regar su jardín, siempre tenía preparada alguna historia relacionada con los santos y aunque esas historias no me interesaban mucho, la de Martín de Porres fue diferente pues ellas se trataban mayormente de animales.

Ese día estábamos sentadas en el borde la gruta que mi papá había construido, conversando de cosas vanas y disfrutando del verano, cuando de repente notamos que entre sus plantas se hallaba una palomita herida que no podía caminar y mucho menos volar. La tomó entre sus manos y con un mondadientes improvisó un microscópico cabestrillo que recubrió con unas venditas minúsculas que nunca sabré de dónde sacó. Mi abuelita siempre tenía muchas cosas útiles que parecían inútiles y que salvaban la situación a la hora precisa. La palomita se quedó con ella hasta que pudo volar, pero lo interesante fue que ya nunca quiso irse. La seguía por toda la casa como un perrito faldero y, como todo animal agradecido, le fue fiel hasta el final de sus días.

Durante la “operación” me contó entonces que hacía muchos años un humilde fraile llamado Martín de Porres dedicó gran parte de su tiempo a curar a los animales enfermos de las calles de Lima. Hasta ese día, yo sabía que los santos solamente ayudaban a otras personas; por eso, saber que este hombre ayudaba a todas las criaturas vivientes definitivamente despertó mi curiosidad e interés por este santo mulato que amaba a los animales.

En una de mis visitas a Lima, tuve la oportunidad de ir a visitar el Convento de Santo Domingo donde Martín pasó gran parte de su vida y tan pronto como me bajé del taxi, fui recibida por una gigantesca imagen de Martín alimentando en un mismo plato a un perro, un gato y un ratón. La clásica imagen que muchos peruanos tienen en sus hogares, patios, autos y billeteras…la misma imagen que cientos de personas compasivas colocan en las camitas de sus amigos animales heridos o enfermos con la esperanza de una pronta mejoría y recuperación…..la misma estampa a la que se encomiendan ofreciendo promesas a cambio de que sus animales aún no los dejen.

La entrada del convento muestra la arquitectura de la época con finas ménsulas, mueblería tallada a mano y cuadros polícromos de la Escuela Cuzqueña. Como la mayoría de los grandes conventos en Lima, Santo Domingo es como una ciudad incluida en otra, con grandes patios, baldosas y azulejos que nos hacen pensar cuán magnífico era este lugar en los tiempos en los que Martín vivió allí.

Debemos recordar que Martín fue hijo de una ex-esclava negra llamada Ana Velásquez y el soldado español, Don Juan de Porres quien abandonó a su familia avergonzado porque sus hijos eran mestizos. Durante toda su vida Martín tuvo que lidiar con los prejuicios raciales de la época y con la falta de tolerancia de la gente.

Empezó a trabajar a edad temprana para mantener a su madre y hermana. Tan sólo tenía 10 años cuando fue empleado por un médico para aprender las artes curativas de la época lo cual le causó gran alegría porque podía ejercitar la caridad y servir al prójimo mientras se ganaba la vida. Luego de dejar ese trabajo fue admitido como terciario en el Convento de Santo Domingo donde sus superiores inmediatamente reconocieron su dedicación, paciencia y humildad.

El jardín del convento es quizás la parte más memorable. Un bello jardín lleno de flores, árboles y pájaros que trae tranquilidad al alma….el mismo jardín en el que Martín alimentaba a los ancestros de las aves que hoy viven allí.

La caridad de Martín siempre fue consecuente y empezó en casa. Él siempre ayudó al prójimo sin distinción de raza, color o condición social y cuando sus superiores se lo recriminaban, el respondía: “Padre, la caridad no tiene reglas”.

Muchas de los cuadros del convento nos recuerdan que Martín amaba a todas las criaturas vivientes. Trataba a los animales de hermanos y hermanas, les hablaba y comprendía su dolor y sufrimientos. Los consideraba hijos de Dios y los cuidaba con la misma ternura y reverencia con la que trataba a los humanos. Nunca pasaba de largo cuando veía a un animal sufriente; lo llevaba de inmediato al convento y lo curaba hasta que recuperara totalmente.

Muchas crónicas peruanas nos hablan de su compasión.

Tenemos la historia del gatito herido que encontró en uno de los barrios más pobres de Lima. La cabeza del gato sangraba incontrolablemente y estaba casi muerto cuando Martín lo recogió para curarle la herida. Luego del tratamiento inicial, Martín le pidió que
viniera al convento cada mañana para seguir curándolo, ¡y eso es precisamente lo que el gatito hizo! Cada mañana a las 7:00 a.m. acudió puntualmente a su cita hasta que sus heridas quedaron totalmente curadas.

Martín también recogía animales de la calle y con la ayuda de su hermana Juana, estableció un hospital para animales en su casa lo cual constituye un tremendo adelanto para esa época. Recogía perros, gatos, y mulas abandonadas que ya no podían trabajar; curaba las alas quebradas de aves y gallinazos que no podían volar y una vez incluso curó a un venado que había sido herido por un cazador. Luego de que el ciervo fue liberado, tomó la costumbre de venir de vez en cuando al convento para que Martín lo alimentara y acariciara.

En otra ocasión, los frailes del convento descubrieron una colonia de ratones que se comían la ropa de cama de la enfermería. Una mañana uno de los frailes atrapó a uno de los ratones y se preparó para matarlo. Pero Martín intervino y cogiendo al ratoncito en su
mano, lo reprendió suavemente y le prometió alimentarlo en el jardín todas las tardes. Sorprendentemente, los ratones nunca más destrozaron la ropa de cama del convento y cada tarde esperaban a Martín en el jardín para que los alimentara y conversara un rato con ellos.

Pero la historia más inspiradora – la que mi abuelita ni siquiera sabía – es la de los toros de lidia que llegaron al convento para ser usados en una corrida. Siendo el hombre de alma compasiva que todo católico debería ser, Martín se oponía a esa fiesta salvaje pero no podía ir en contra de las órdenes de sus superiores. Conmovido por el destino de los toros, los alimentó y visitó cada tarde. Y ni el más bravo de ellos osó atacarlo cuando entraba a su establo para hacerles compañía.

Asimismo, demostrando que su compasión por los animales era consecuente con sus convicciones, Martín nunca comió carne desde que entró a Santo Domingo. Al enterarme de este dato – no muy conocido entre sus seguidores – mi admiración y mi respeto por él aumentaron.

Cuando Martín murió en 1639, todo el mundo en Lima lo conocía ya que sus milagros incluso habían traspasado fronteras. Después de su muerte, se cuenta que los milagros y gracias recibidas al invocar su nombre se multiplicaron en tal número que se dio la necesidad de exhumar su cuerpo. Habían transcurrido más de 25 años, pero, al hacerlo, se le encontró intacto y despidiendo una exquisita fragancia.

Martín se convirtió oficialmente en santo en 1962, pero para nosotros los peruanos, él será por siempre el “Hermano Martín”, el “Negrito Martín” o simplemente “Martincito”. La familiaridad entre nosotros implica un alto grado de respeto, confianza y admiración por alguien que realmente tenía a Dios en el corazón y en el alma; por alguien que extendió su compasión a TODAS sus criaturas.

Mi peregrinaje al convento de Santo Domingo fue una grata experiencia espiritual que no solo me trajo lindos recuerdos de mi abuelita Domitila curando a las palomitas de su jardín sino que también reafirmó mis convicciones en la lucha por la liberación de los animales.

Sería maravilloso que los curas y monjas de hoy siguieran el ejemplo de este humilde fraile; sería genial que encauzaran a sus feligreses a seguir no solo el ejemplo de Martin, sino también el de Cristo. Sería justo que en honor al santo mulato, extendieran también su compasión a todas las criaturas creadas por Dios en vez de ser cínicos cómplices de su tortura.

Yo no soy católica ni tengo una iglesia en particular, pero no por eso dejo de admirar a Martín de Porres quien por sus obras y su bondad infinita se ganó un lugar especial en el corazón de Dios.

 

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2 responses to “Amigo de todas las criaturas

  1. Mathena Burga

    October 11, 2011 at 9:34 pm

    Como no acordarme de sus historias de mi madrina Domi y de mi Tatá Luzmila, siempre con un ejemplo de caridada , dignidad, maravillosas. Me acuerdo de la palomita que tenia mi madrina aveces le conseguia cargar , pero tenia un poco de miedo de apretarla .
    Aqui en São Paulo celebramos el dia de los animalitos el 4 de octubro y se hace una misa para todos ellos en la iglesia de San Francisco de Asis, las personas llevan sus animalitos para el padre bendecirlas , es muy emocionante….Nuestro negrito Martin, milagroso ….

     
    • animalialatina

      October 12, 2011 at 5:45 am

      Querida Martha,
      Tienes toda la razón….ya no hay ni historias ni abuelas como esas. Precisamente ayer le pedí un favorcito a Martín y una amiga de Lima ¡pudo encontrar a su perrito perdido!

       

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