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Papá emperador

26 Sep

En mi corazón, tengo la convicción de que todos los animales que mi familia salvó de las calles y que partieron antes de que nuestros corazones se los hubieran permitido, le dieron la bienvenida y ayudaron a mi papá a cruzar el Puente del Arco Iris. Tal vez será por eso que cuando la tristeza parece alcanzarme, mi convicción siempre prevalece sabiendo que él está bien gozando de un merecido premio por haber sido un hombre noble y bueno. Me imagino que Cholín lo debe tener muy ocupado jugando eternamente a la pelota en un lugar donde no existen tristezas, penas ni sinsabores.

Pero, la verdad es que aunque me alegro mucho por él; aunque le hablo a su foto todos los días y le pido me contagie una milésima de su eterna paciencia, lo extraño mucho. Extraño ver su caminar cansado, sus manos siempre ocupadas, sus manías irritantes y sus ojos buenos. Sus ojos bondadosos y profundos que se inundaban de lágrimas cada vez que me veía partir.

Hoy pasé un buen tiempo pensando en él y mirando fotos de todas las etapas de su vida. Y al verlas, me pregunté si se consideró un buen padre, si sintió que cumplió con su deber, si fue totalmente consciente de que sus esfuerzos para con sus hijas y su nieta nunca fueron en vano.

Como ser humano – considerando las limitaciones inherentes a la especie – es cierto que cometió errores, pero sin ningún ejemplo o manual de instrucciones, se empeñó para ser buen ejemplo de lo que realmente importa en la vida: lo que uno lleva en el corazón.

Con frecuencia, cuando se habla de los animales, no se hace mucha mención del importante rol que juegan los padres. En la mayoría de los casos se habla de la abnegación de las madres, del amor que brindan a sus crías, de su atenta protección y de la fiereza con la que las defienden ante cualquier peligro; pero hay un padre animal que se destaca como ejemplo casi inigualable: el Pingüino Emperador. Un animal que recorre 90 kilómetros tierra adentro hasta el lugar donde con supremo esmero cuidará de su futura cría.

Luego de que la hembra le pasa el huevo,  él lo coloca entre sus patas con sumo esmero ya que unos breves segundos en el hielo serían mortales para el bebé. La hembra regresa al mar en busca de alimento y deja solo al estoico padre en medio de un desolado paisaje de frio y hielo.

Conjuntamente con otros padres, toma turnos volteándose y se pone de espaldas para soportar fuertes vientos de hasta 200 kilómetros por hora. La incubación dura de 62 a 64
días y si la cría nace antes del retorno de la madre, él la alimentará con una sustancia lechosa que segrega desde su esófago. En esta tarea, perderá hasta 12 kilos – el 40% de su peso normal – y sólo se alimentará de nieve para no deshidratarse.

A los dos meses, la hembra regresa y lo encuentra reconociendo su llamada entre las llamadas de cientos de pingüinos. Alimenta al bebé recién nacido y es recién entonces  cuando el abnegado padre regresa al mar para buscar alimento y recuperar fuerzas.

Los animales SIEMPRE tienen algo que enseñarnos. En su vida diaria, simple y decente, SIEMPRE hay una lección que aprender. Los necios argumentan que es simplemente instinto o un acto mecánico por conservar la especie; pero los que hemos aprendido a observarlos y a respetarlos, sabemos que no es así.

Mi papá no me cuidó en el Ártico, pero me enseñó sabias lecciones de vida. Algunas las aprendí rápidamente y otras recién las aprendí después de su partida….A pesar del medio siglo, los recuerdos están allí, frescos, perennes, queridos. Y me sirven para seguir viviendo y para seguir avanzando en los momentos álgidos de la vida. Sólo tengo que cerrar los ojos para verlo despertándonos temprano para ir al colegio con una insoportable diana mañanera; escuchando mil veces sus pasodobles de la RCA Víctor en la radiola que pulía con esmero todos los fines de semana, o yendo a comprar pan fresco todas las tardes. Hay momentos en los que lo veo y hasta lo escucho diciéndome que tenga cuidado en la calle o que tenga paciencia. Y en otros momentos recuerdo lo impecable y guapo que se veía con su saco guinda y su aroma de hombre recién afeitado.

Por cuestiones generacionales y de crianza, tal vez nunca aprendió a decir lo que su corazón verdaderamente sentía, pero yo sé que siempre estuvo orgulloso de sus hijas y de su nieta. Siempre decía que mi hermana Eli era una “trome” para los números y que nadie la podía ganar en el Sudoku y que Paloma era una niña inteligente y sobre todo bondadosa. Yo le decía “en estos tiempos ya nadie usa esa palabra” pero él replicaba que así era.

Como el Pingüino Emperador sé que gustoso hubiera dado su vida por nosotras y que se sacrificó por mí. Y sé muy bien que estoicamente soportó otro tipo de inviernos y tempestades enseñándome – una vez más – que quien grita más no es necesariamente quien gana al final.

Soy quién soy gracias a ti, papá.

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Posted by on September 26, 2011 in Activismo efectivo

 

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