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Se me fue

25 Sep

Por ahí dicen que “todo muerto siempre fue bueno”, pero en este preciso momento fácilmente podría enumerar a unos cuantos que deben estar achicharrándose en el infierno de sus imperdonables faltas. Gente que se fue de este mundo sin haber logrado nada, sin haber marcado su presencia en algo o en alguien. Gente que se fue sin siquiera cumplir con el antiguo adagio de escribir un libro, sembrar un árbol o tener un hijo.

Mi padre probablemente sembró más de un árbol en su tierra natal, tuvo dos hijas y aunque no escribió ningún libro, dejó en mi memoria muchísimas cuentos en los que los protagonistas siempre eran animales. Ya desde mi infancia las historias relacionadas con esos seres maravillosos llenaban completamente mi necesidad de relatos interesantes y fantásticos. Y los prefería a los cuentos de la época que la mayoría de las niñas disfrutaban; cuentos que hablaban de princesas inútiles, incapaces de resolver sus retos y problemas sin la presencia de un príncipe que viniera a despertarlas, rescatarlas y liberarlas de algún encanto para después vivir felices comiendo perdices (¡para colmo!).

Mi papá sabía bien que yo detestaba esos cuentos aburridos e ilógicos y es por eso que me contaba otros en los que él era el protagonista o tenía un rol muy especial, como aquel del oso negro gigantesco que casi se lo tragó entero y a quién engañó inteligentemente para poder escapar de su persecución. El hecho de que en el Perú no existen osos negros nunca me preocupó demasiado porque el relato era interesante, intenso y mi papá contaba los cuentos muy bien.

Es más, si se lo hubiera cuestionado, él hubiera afirmado que “en su tierra todo era posible” porque era la tierra de la abundancia, el verdor, el esplendor. Su tierra querida era Luya en Amazonas y la sola mención de ese sitio que en el mapa se veía remoto para mí, era certificación suficiente. Una de las cosas que más lamento es nunca haber podido visitar esos lugares juntos cuando él aún podía hacerlo… pero como la vida, nos da oportunidades tardías, lo haré pronto…simplemente para imaginar a los grandes osos negros de sus cuentos.

Sometí a mi pobre padre a una serie interminable de preguntas y repreguntas y cuando sus ideas para inventar relatos casi llegaron a extinguirse, tuvo la genial idea de regalarme un libro en el que uno de los personajes centrales era una cierva. Genoveva de Bravante era un librito pequeño con fotos a colores al que inicialmente no le di mayor importancia pues – en parte – se trataba de la vida de una princesa prisionera en una cueva. El final feliz no
falló, pero nunca olvidaré el hecho de que la noble cierva es quien le enseñó a sobrevivir y a nunca perder la esperanza.

Las fantasías de mis libros se transformaron entonces en el ávido deseo de tener un perrito en casa. Mi hermana Eli y yo sugerimos, pedimos, rogamos, pero mi papá se negaba diciendo que los animales necesitaban sentirse libres y un departamento no era el lugar más adecuado para ellos. Por años vivimos compartiendo perros ajenos y ansiando tener uno nuestro hasta que un buen día el sueño se hizo realidad. Mi papá aún tenía reparos en el asunto: pelos en nuestro uniforme azul marino, microbios, ladridos, subidas a nuestras camas, etc.; pero con el tiempo, la ternura, el cariño y la lealtad de nuestros
animalitos vencieron todas sus reservas y se convirtieron en parte importante de su vida. Cuando cada uno de ellos se fue de este mundo, él los lloró tanto como todas las mujeres de la casa, abiertamente y sin vergüenza.

Él, que al principio pensaba que un departamento no ofrecía suficiente libertad para un animal, hizo un pacto de silencio eterno consigo mismo el instante en el que ellos tocaron su vida para otorgarle amor desinteresado, lealtad, y compañía. A nuestros perros nunca les importaron sus errores, sus limitaciones humanas, o sus manías de hombre viejo y fueron ellos quienes le otorgaron el consuelo de una cola alegre cuando llegaba muy tarde de trabajar y quienes lo quisieron de verdad cuando su compañía era lo más cercano a la ternura que todo anciano necesita.

Todos los años cuando me despedía de él para regresar a este país al cual no pertenezco, me decía “tal vez esta sea la última vez que me veas” y aunque su comentario nunca me gustaba, yo siempre sabía que lo volvería a ver. Esta última vez, cuando ya estaba muy enfermo, me besó, me bendijo y se despidió sin pronunciar su consabida frase. Pensé que se había olvidado de decirla, esperé y esperé y quise exigirle que me la dijera, pero no lo hizo. Su sonrisa triste fue su adiós porque los dos sabíamos que ya no nos íbamos a
ver.

Ni él ni ninguno de mis perros me esperaron para morir. No tuve la satisfacción de estar allí para despedirlos; se me fueron silenciosamente sin darme la oportunidad de decirles lo queridos e importantes que siempre serán para mí.

Extraño mucho a mi padre. Lo veo en los lugares que visitamos juntos, lo siento en el recuerdo grato de la gente a quien conmovió con su bondad y su nobleza y lo oigo en el silencio de noches interminables como ésta. Veo sus manos activas componiendo cosas rotas, su inacabable colección de herramientas anticuadas y pedacitos multicolores de rafia, su eterna selección de boleros en cassettes y su café de las tardes. Recuerdo su paciencia, su tolerancia, sus consejos, su mirada buena y aunque el dolor aún es fresco y profundo, me reconforta la idea de saber que ya no sufre y que me espera en compañía de todos nuestros perritos. Ellos lo esperaron en el Puente del Arco Iris y cuando lo vieron
llegar corrieron a su encuentro para no separarse jamás.

La realidad del mundo me enrostra que está muerto, pero yo no lo siento así porque uno no muere mientras es querido y mi padre siempre vivirá en mi mente y en mi corazón mientras yo exista.

 
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Posted by on September 25, 2011 in Activismo efectivo

 

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